Parte 1
¡Boom!
Se escucha el sonido de las explosiones por doquier.
Grandes y diversos estallidos que destrozan los muros y puertas de la gran
ciudad conocida antes como la capital de Urak.
—¡Ataque enemigo! ¡Ataque enemigo! —gritan los
guardias Kaevalery dentro del castillo de Waltegya, avisando a sus compañeros,
en pánico.
Las tropas se mueven en desorden tras el sorpresivo
asalto del que padecen. Las bajas aumentan constantemente, luchando contra
enemigos inesperados. Realmente un caos.
—¡¿Quiénes son?! —pregunta un musculoso imperial
con una cicatriz que le cruza el ojo, hablando con voz autoritaria para así
llamar la atención de sus desorientados camaradas.
—¡Demonios, capitán Gauss! ¡Nos ataca un grupo de
demonios y también algunos de los nuestros! —responde nervioso uno de sus
subordinados, con un arco en la mano mientras apunta a un Shezenvalery que sube
por una escalera a lo lejos.
—¿Desertores? —se pregunta a sí mismo el capitán.
Si bien era cierto que no todos los imperiales compartían las acciones de su
nación, el desacuerdo no era tan grande como para rebelarse contra las
autoridades. El único que podría tener motivos suficientes para hacer algo así
sería aquel que abandonó su título y su fama para irse con una niña demonio
años atrás—. Ha de ser la facción del «Héroe de la guardia», pero no deberían
tener tanto poder.
—¡Señor, tienen a un dragón! ¡Es enorme! —grita
otro Kaevalery, un vigía sobre las torres del castillo.
«Eso explica mucho», piensa para sí.
—¡Debo avisar al virrey Bafad! ¡Manténganlos
ocupados mientras vuelvo!
***
Fuera del castillo, bolas de fuego, rayos, estacas
de hielo y esferas de aire vuelan por los cielos, intentando impactar contra la
enorme bestia que les ataca desde arriba.
—¡Jua, jua, jua! ¡Débiles orejones! ¡¿Eso es
todo lo que tienen para defenderse?! —se burla el gran dragón,
esquivando los diferentes ataques con habilidad.
—¡Su coloración es negra, es un dragón oscuro!
¡Lancen ataques de atributo luz! ¡Concéntrense en la velocidad de estos!
—indica un comandante de tropa a sus compañeros.
—¿Oh? Una sabia decisión.
—Rugeivyr, voy a bajar —dice Arnus desde la espalda
de la bestia.
Dicho esto, el Shezenvalery salta hacia sus enemigos
en tierra. Tanto Tina como Narea le siguen de la misma manera.
—¿Narea, podías volar? —pregunta la pequeña
Talavalery, impresionada del movimiento aéreo fluido que tiene la mujer a su
lado.
—No exactamente, pero con magia vectorial puedo
dirigir mi camino y amortiguar la caída —responde la demonio.
—¡Algo cae de las espaldas del dragón! —advierte
uno de los Kaevalery, apuntando con su dedo hacia las chicas y lanzándoles una
bola de fuego, la cual esquivan.
Los guardias observan las figuras que caen del cielo
a lo lejos. Cuando se percatan de lo que son, ya es demasiado tarde. Arnus usa
su enorme espada para partir a uno de ellos por la mitad y lanza el hechizo
[Rayo] a los otros alrededor de él.
Narea, por su parte, usa su magia vectorial para desviar
su trayectoria y cae sobre una torre. Luego, avanza rápidamente entre los
pasillos del lugar, asesinando a los arqueros enemigos presentes.
«Narea, ya estamos en posición», escucha decir a un
chico en su mente. La Shezenvalery acababa de recibir un [Mensaje] por parte de
Kalga usando una roca de pensamiento. Los pequeños demonios estaban junto al
grupo del «Héroe de la guardia», esperando órdenes.
—Bien, Kalga, Meg. Destruyan a las catapultas y aseguren
la entrada —responde ella, tocando la piedra con propiedades mágicas bajo su
armadura.
Un gran estallido se aprecia en la lejanía. Narea
observa desde la torre en la que se encuentra la destrucción de una de las
puertas que permitía la entrada a los patios interiores del castillo.
—Tina, quédate detrás de mí, no puedes hacer nada
más que mirar —escucha decir a Arnus, quien no se encontraba muy lejos de su
posición, rodeado de cadáveres enemigos.
—Oye, que yo al menos puedo atraer a los hombres aquí
—responde la chiquilla, frunciendo el ceño.
—No creo que tu [Encanto] funcione muy bien en este
tipo de situaciones. En medio de la guerra no hay tiempo para cortejar niñas,
hubiese sido mejor que te quedaras sobre Rugeivyr —explica en un tono seco el
príncipe.
Tal como dice, uno de los defectos del hechizo
[Encanto] es que no era efectivo sobre personas que se encontraban en una
situación de gran peligro. Lamentablemente para Tina, esa habilidad no tenía la
característica de control mental, sólo podía deformar levemente la percepción
que los demás tenían sobre ella.
A pesar de los comentarios poco amigables de Arnus,
quien en realidad sólo estaba preocupado por la pequeña, Tina continúa
siguiéndole.
—Tengo el presentimiento de que te seré de mayor
ayuda aquí —dice con una leve sonrisa.
—¿Y te basas en…?
—¡Intuición femenina!
Narea observa a Arnus abriéndose paso entre sus
contrincantes hasta llegar a una puerta bajo una de las otras torres.
—Es por aquí, ven —termina de escuchar al príncipe,
agudizando el oído. Luego, el heredero al trono y la niña entran al lugar.
La mujer Shezenvalery no se queda dentro de la torre
por más tiempo y corre, bajando las escaleras, hacia el interior del gran
castillo. Si bien ella quería seguir a sus compañeros, tenía una misión que
cumplir.
—¡Una intrusa! ¡Deténganla! —grita uno de los
soldados dispuesto en una ventana, vigilando una de las puertas de la gran
estructura.
Ante la advertencia de su compañero, sus camaradas
divisan a la chica acercándose a gran velocidad. Inmediatamente intentan
inmovilizarla con espadas y escudos, pero ella, de un salto, esquiva los
ataques con movimientos imposibles de hacer para una persona común, logrando
traspasar sus defensas y cortarles la garganta durante el acto.
Narea continúa su camino al interior del castillo,
siendo tan sigilosa como puede y eliminando a cualquier obstáculo que se le
cruce. Corre apresurada hasta llegar a la sala del trono.
—¡¿Quién eres tú?! ¡¿Un demonio?! —exclama un
Kaevalery desconocido para la chica, colocándose en frente de ella y
bloqueándole el paso una vez detecta su presencia.
—Parece que los invitados indeseados han llegado
hasta aquí —dice con una profunda y fuerte voz un enorme hombre-elefante,
sentado en una silla tan grande como él, compuesta de piedras preciosas y
metales de alto valor, un gran martillo se puede apreciar a su lado. Aquel
quien gobierna el reino de Urak en reemplazo de las naciones invasoras.
—Un Kaevalery imperial y un elefantidal del reino de
Spika —comenta la mujer Shezenvalery tras un pequeño vistazo a sus dos
enemigos.
Su objetivo estaba frente a ella. El hombre que
dirige a los subyugadores de su pueblo, el que permite las atrocidades
provocadas por los imperiales y quien alguna vez la controló para sus planes
anti-rebeldes. El virrey Bafad Tartar, apodado como el «Gigante rompe-huesos».
—Debo agradecer al señor Arnus por permitirme el
llevar a cabo esta misión —murmura la demonio.
—Siento que te conozco de algún lado, pequeñaja
—menciona el gran enemigo en frente de ella, levantándose de su asiento y
tomando con una mano su enorme arma.
Narea se abalanza sobre sus dos contrincantes sin
responderle al hombre-elefante. Ambos enemigos toman una postura defensiva,
pero para su sorpresa, la Shezenvalery se desvía a medio camino y usando sus
habilidades, sube por una muralla hasta llegar al techo del salón, donde corta
las cadenas que ataban los gigantes candelabros que iluminaban el sector.
El ataque indirecto obliga a ambos hombres a
separarse para no ser heridos y el impacto de los accesorios sobre el suelo
levanta una nube de polvo que dificulta la visión, hecho que ella aprovechó
para encargarse del Kaevalery con una cicatriz en el ojo.
Sin poder hacer mucho contra su enemiga, el capitán
cae muerto luego de ser penetrado su cráneo por una de las chuchillas de Narea.
—Ya te recuerdo, eres una de las esclavas que
enviamos a matar a los tuyos. «La demonio asesina», así se te conocía entre los
soldados —comenta seriamente el hombre-bestia tras observar los movimientos de
su oponente.
La Shezenvalery se mantiene en silencio y vuelve a
cargar contra el virrey, esta vez sin desviarse.
—¡No te creas que caeré por eso! —exclama
fuertemente Bafad, usando su gran martillo para romper el suelo en el lugar
donde estaba Narea. No, para ser más exactos, quería aplastar a la mujer con su
fuerza, pero ella ya no estaba ahí—. ¡¿Qué?!
Murmurando unas palabras tan bajo como su voz podía,
la chica demonio había conjurado un hechizo de atributo vectorial, el cual le
proporcionó la movilidad necesaria como para arquear su cuerpo, de modo que con
un giro esquivara el arma de su enemigo. Seguido de ello, la mujer le corta la
trompa a su contrincante.
Se escucha un alarido de dolor que resuena en toda
la habitación, amplificándose por el eco. La pérdida de sangre era demasiada y
el dolor, extremo. El hombre-bestia sólo se limitó a retorcerse por el daño,
perdiendo sus fuerzas poco a poco.
Antes de perder todo rastro de sus energías, Bafad
nota la mirada fría de su agresora en frente de él, levantando su arma y
apuntando a uno de sus ojos.
—¡No! ¡Espera! ¡Detente! ¡Si me matas aquí, el
reino de Spika no te lo perdonará! —grita el virrey, desesperado, en un último
intento de salvar su vida.
—No me importa, demasiado daño has hecho ya
—responde la mujer, quien luego entierra su cuchilla en el ojo derecho de su
adversario, lo suficientemente profundo como para atravesar sus sesos y
provocar su muerte.
Narea limpia sus armas de la sangre de sus enemigos
en silencio. Quizás podría haberle sacado más información a sus adversarios dejándoles
vivir por más tiempo, pero ella sabía que en una batalla de larga duración su
aguante no duraría lo suficiente y sería ella quien estaría en el suelo, sin
vida.
«Me pregunto si esto es suficiente como para volver
a empezar desde cero», se cuestiona la mujer mientras continúa con su limpieza.
Recuerda los rostros sonrientes de tres pequeños que habitaban una de las
aldeas del reino. El amable y gentil muchacho que ayudaba a su madre a cargar
con las compras del mercado mientras estudiaba para ser mago; La risueña
chiquilla que regalaba flores a todo el mundo y que deseaba abrir una
floristería; La traviesa niña que gustaba de vestir una armadura rudimentaria y
un palo de madera, aspirando a ser una paladín y defender el reino.
«Con esto… ¿serían ustedes capaces de perdonarme
por haberles arrebatado su futuro?», dice
en su mente, dirigiéndose a ellos y esperando una respuesta, sabiendo que no la
recibiría.
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