Parte 2
Pam, pom.
Poderosos golpes y patadas impactan contra la
barrera sin causar efecto.
—[Rayo].
El haz de luz aparece desde la mano de Arnus,
intentando destruir el contenedor, pero no hubo resultados positivos tampoco,
el hechizo fue absorbido.
—Chicos, ataquen por favor —comanda Gendo a sus
tropas, quienes lanzan una gran cantidad de hechizos, la mayoría de fuego,
hacia el demonio. Los ataques enemigos cruzan sin problemas la barrera e
impactan el cuerpo de Arnus.
Explosiones se escuchan al interior y una nube de
polvo se levanta, sin poder salir del contenedor.
—Interesante, ¿no crees? Tardé varias horas
preparando el hechizo e introduciéndolo en la piedra mágica. Una barrera que no
puede ser destruida desde dentro. Absorbe cualquier hechizo, niega cualquier
impacto —comenta el Kaevalery mientras espera a que se disipe el polvo.
El Shezenvalery herido está a la vista, jadeando y
entrecerrando los ojos debido al dolor.
—Otro más…
Una nueva serie de ataques son lanzados. Arnus sólo
puede emitir quejidos por el daño.
«¿Es este el temor oculto del imperio? ¿Alguien
conocido por ser tan peligroso como su padre, el rey invencible? Engañado por
una niña y capturado por una tropa de sus enemigos…», comenta el Kaevalery en
su mente.
Bolas de fuego y rayos nuevamente caen sobre el
Shezenvalery, quien sólo puede cubrir su cuerpo con sus brazos. Perdiendo la
estabilidad, termina arrodillado en el suelo.
«No, no tiene comparación. Sería una burla
compararlo con “Él”», frente al
impotente príncipe, Gendo sólo podía sentir decepción al compararlo con su
padre.
Quince «héroes» fueron enviados a luchar contra el
rey Shezenvalery en la guerra. Ellos eran los maestros más fuertes del imperio,
nadie les superaba en sus técnicas. Los guerreros definitivos de élite para
proteger a su nación, cuya única misión era vencer a una sola persona.
Llenos de emoción, viajaron desde la capital
cargando con los sueños y esperanzas de su pueblo, disfrutando juntos de una
gran aventura. En el camino se encontraron varios obstáculos que les
permitieron unirse como un equipo y superar sus falencias.
Pero todos ellos fueron derrotados…
El rey era más fuerte de lo que pensaron que sería.
Sus ataques atravesaban sus defensas, sus habilidades de combaten
desequilibraban su coordinación. Nada de lo que hacían parecía surtir efecto y
al final fueron cayendo uno tras otro, perdiendo sus vidas de manera horrible.
Asur Rabbok no les tuvo piedad. Eliminó rápidamente
a quienes podrían curar sus heridas, luego de eso, destruyó a los que parecían
ser los más fuertes y así bajar su moral de combate. Una vez cumplidos esos dos
objetivos, lo que quedaba era masacrar al resto.
Sólo sobrevivieron tres de ellos tras la cruel
batalla. Gendo Fessterak, el «héroe del impedimento», quien logró mantener
suficiente distancia como para no morir por los poderosos hechizos que el rey
lanzaba; Gila Manaria, la «heroína de la velocidad», quien pudo esquivar la
mayoría de sus ataques; y Fuske Elorjam, el «héroe de la guardia», quien era
maestro de una gran variedad de hechizos defensivos, pudiendo así bloquear o
desviar la ofensiva del monarca.
La desesperación de los vencidos les llevó a usar un
truco sucio para derrotarlo. Durante la batalla, Gendo logró colarse en algunas
rutas de escape del castillo, encontrando a la reina y así el grupo de héroes
amenazó a su familia, tomándola de rehén. Si aquello no fuese suficiente, el «héroe
del impedimento» aprovechó el usar a las tropas que se mantenían batallando en
los alrededores para dar con el paradero de la única hija que quedaba con vida.
El rey sabía que si perdía, todo su pueblo sufriría las consecuencias, pero amaba
demasiado a su familia. Se distrajo por un instante y eso le costó la vida, pues
los héroes no dejaron pasar esa oportunidad para vengar a sus compañeros caídos.
Tragándose su orgullo, restringieron sus movimientos, desviaron sus ataques y
le atravesaron el pecho, poniendo fin así a la larga guerra que su nación
llevaba a cabo.
«Que el hijo de ese monstruo sea derrotado tan
fácilmente es una burla a mis camaradas.»
—D-Déjame confirmar algo… —las palabras de Arnus,
quien intenta levantarse nuevamente, sacan al héroe de sus propios pensamientos—.
Tina ha sido obligada a esto, ¿verdad?
—¡Por supuesto! No es tan tonta como para dejar que
un guardaespaldas como tú se pierda por voluntad propia, no la crie así —responde
Gendo, evitando que su sorpresa se mostrara en su rostro. Los ataques que le
lanzaron al príncipe deberían de haber sido suficientes como para herir de
gravedad a cualquier persona. Es más, Arnus debería estar al borde de la
muerte, pero la única dificultad que presentaba era el hablar debido al dolor.
«¿Cómo es que sigue en pie? ¿Es por la armadura que
lleva? ¿Quizás tiene resistencia a la magia?»
El héroe borró de su mente parte de la decepción que
sentía por el demonio. Quizás había caído en una trampa y podía ser derrotado
con el tiempo, pero era más duro de lo que pensó. Probablemente en una batalla
frente a frente él no sobreviviría.
—Recuerdo que mencionaron que eres el líder de los
comerciantes de esclavos. El sistema de esclavitud que rige esta zona es tu
responsabilidad, ¿verdad? —continúa hablando el príncipe.
—Oh, vaya, alguien estuvo hablando de más. Tina,
acércate un poco… —ordena el «héroe».
Tina camina hacia a Gendo, temblando ligeramente con
temor. Antes de que siquiera pudiese reaccionar, el héroe le da una fuerte
bofetada en el rostro, arrojándola al suelo debido a la fuerza del impacto.
Tina se cubre la mejilla con lágrimas en su rostro, sangrando por ser golpeada
con un guantelete metálico.
—¡¿Por qué la golpeas?! —exclama Arnus, enfadado.
—Ella ha soltado esa información, ¿no? No es algo
que mucho sepan —responde el Kaevalery con curiosidad, como si fuese algo
completamente normal.
«¿Debería decirle? Quizás si le hago enfadar…», se
pregunta el Kaevalery. Una nueva idea se le cruza por la cabeza.
—Así es, yo soy el líder de los esclavistas.
Introduje el sistema de esclavos para todos los prisioneros y la mayoría de los
habitantes de los reinos conquistados en la guerra. Supongo que es algo que
puedo decirte antes de morir. Otra más…
Ante la orden, nuevamente hechizos son lanzados
sobre el príncipe, quien pareciera sufrir más daño esta vez.
—¡Señor Arnus! —grita Narea al observar a su
compañero siendo atacado.
—Vaya, despertaste más rápido de lo que esperaba.
Eso es bueno, no te perderás la muerte de tu señor.
—Estás torturándolo. No piensas matarlo rápido —escupe
la Shezenvalery, observando con el ceño fruncido a su enemigo, casi como si
estuviese decepcionada.
—¿Tortura? —responde
Gendo ante la acusación.
«Si supieras lo que sucede, chica…»
Las declaraciones de la demonio no poseen fundamento
alguno. Es más, al «héroe del impedimento» no le agrada mucho el uso de la
tortura, aunque su concepto de ella está algo distorsionado, ya que él mismo la
ha efectuado sin notarlo en el pasado.
—Ah, eso me recuerda. Masacraste a mis hombres en la
ciudad de Balboa. Eso no me gustó para nada. Eres tan salvaje como el resto de
tu especie.
Los cuernos de Arnus se asoman con la última frase
del héroe, irritado.
—Maldito. ¿Dices
que matar soldados es salvaje, pero no el violar, torturar y privar de la
libertad a una especie completa, independientemente de su edad?
Las palabras del demonio resuenan en la mente de
Gendo, recordándole la infancia que tuvo que vivir al convertirse en un
huérfano. La humillación, los malos tratos, la indiferencia de sus pares. La
crueldad de los Shezenvalery al no tomar prisioneros…
—¡¿Y tú
crees que es menos salvaje el quitarle sus padres a los niños?! ¡¿Dejarlos vagar
sin familia por el mundo?! —exclama iracundo el Kaevalery.
Arnus se mantiene en silencio, sorprendido ante los
gritos inesperados de su enemigo.
—¡No soy estúpido! ¡La lástima que sienten ustedes
por los niños y personas no involucradas en la guerra no es más que una forma
hipócrita de aliviarse un peso de encima! ¡Forzados en seguir adelante, tolerar
los insultos, recordar que ahora están solos y que nadie les prestará su ayuda
sin algo a cambio! ¡¿De verdad crees que eso es lo que queremos?! ¡Tu padre era
igual! ¡Enviando tropas a atacar los fuertes protegidos, matando a todos los soldados,
sin dejar prisioneros! ¡Ustedes sólo saben matar!
—Pero era una guerra, nosotros no…
—¡No me vengas con esa mierda! ¡Ustedes son los que
provocaron la guerra!
Para Gendo esto era una verdad. Los Shezenvalery
rompieron el tratado de no agresión, provocando así una guerra que no podrían
ganar, pero que dañó mucho al imperio. Sus amigos y seres queridos murieron en
ella y cuando la resistencia de los demonios obligó a mandar a «héroes»,
engañados por la propaganda del imperio, él fue de los primeros en alistarse.
Para el Kaevalery, sus enemigos no eran más que escoria que debía ser
eliminada, sin embargo, pese a sus esfuerzos, Arnus seguía con vida.
—¡Sigan atacando! —ordena con furia.
Los hechizos continuaron por un tiempo prolongado.
El príncipe dentro de la barrera sólo podía oponer una patética defensa con sus
brazos y piernas para proteger su cuerpo. Las heridas cada vez eran mayores y
su armadura empeoraba su estado por cada ataque que recibía. Sin embargo, luego
de que se disipara el polvo, continuaba poniéndose de pie, en señal de
resistencia.
«Esto no está funcionando. Quizás tenga más efecto
que mis soldados le atraviesen, pero no puedo arriesgarme a eso todavía. Tengo
que debilitarlo aún más.»
«Algo está minimizando el daño que recibe el
príncipe», esa es la creencia de Gendo al ver que su adversario continuaba de
pie a pesar de los ataques de sus soldados. Era improbable, pero existía la
posibilidad de que los estuviese bloqueando de algún modo más efectivo del que
mostraba superficialmente. De ser así tendría que distraerlo.
—Esto al parecer tomará tiempo. Hablemos un poco.
Supongo que sabes lo que sucedió durante la guerra. Tu padre murió, junto con
tus dos hermanos…
—No tengo
interés en hablar con alguien que promociona la violación de los esclavos.
—¿Eh? ¿También sabes de eso? ¡Vaya que estás bien
informado! Pero lo dices como si fuese algo malo…
—¿Que no lo
es?
—No lo entiendes. No, claro que no, no es posible si
no conoces el contexto de la situación…
Al interactuar con su enemigo, Arnus no se percata
de que había caído en una trampa. Las palabras del Kaevalery habían sido dichas
expresamente para dirigir la conversación a los puntos que más harían enfadar
al príncipe. Tales como el sufrimiento de su pueblo.
—La guerra fue muy larga. Después de tantos años
luchando, los soldados se cansan. Familias enteras sufrieron de haber
participado en ella, ¿lo sabías? Pero de seguro no sabes esto: el imperio no
nos proveía de nada.
—¿Qué?
—Verás, el imperio es quien consideró su acto como
una declaración de guerra, envió soldados a luchar contra ustedes y pidió ayuda
a sus aliados. Pero luego de cuarenta años de guerra se vería acomplejado si
continuaba utilizando sus recursos de esa manera. Tu reino no es la única
molestia para nosotros. La Federación maquinista es un enemigo que si bien está
mucho más lejos, es peor que ustedes.
—La
federación…
Arnus recuerda las enseñanzas de su padre cuando
aprendía sobre política e historia. La federación maquinista es una nación
ubicada en un continente más al norte de donde viven, la cual posee la
tecnología más avanzada de todo el planeta. La especie de sus habitantes es
irrelevante, pues es un gobierno dominado por cuerpos maquinizados, seres que
abandonaron su carne e introdujeron sus almas dentro de golems metálicos. Ya no
son personas y no actúan como tal. Su vida es indefinida y consideran a todos
los otros seres vivos como material para sus abominaciones. Su padre mencionó
que los demonios alguna vez lograron tener éxito en recibir su ayuda en tiempos
de crisis, pero saldaron la deuda inmediatamente y nunca marcaron una relación
más allá de ello, pues saben que tenerlos tanto de aliados como enemigos es peligroso.
El imperio probablemente se percató de que si perdía suficiente poder militar
durante la guerra, la federación podría tomar ventaja de ello e invadir el
continente entero.
—Considerando a ese monstruo observando desde la
lejanía, se decidió un nuevo plan de campaña: los criminales irán a la guerra —continúa
el «héroe del impedimento», devolviendo al príncipe a su situación actual.
El plan del imperio como contramedida a la invasión
de la federación sin perder fuerza militar fue tomar a los prisioneros de su
propia nación y en vez de alimentarlos y pagar por sus gastos durante su
confinamiento, se unirían a las tropas corrientes y se adoctrinarían con ellos.
Claro, no tendrían más paga que una libertad relativa, conseguir botines de
guerra mediante saqueos y tierras con la condición de usar métodos agrícolas
proporcionados por agentes del gobierno. Eso estaba bien al principio, cuando la
cantidad de criminales era mucho menor que la de los soldados. Pero a medida
que pasaban los años, la diferencia entre ambos fue disminuyendo
considerablemente, provocando motines, desorden en las filas, deserción, entre
otros.
—Entonces propuse un plan: ¡utilicemos a los
demonios! —Gendo extiende sus brazos y con una sonrisa comienza a mencionar los
diferentes usos que le daba a su especie mientras el príncipe se encontraba
desaparecido—. ¡Podemos esclavizarlos y utilizarlos como mano de obra!
¿Derechos? ¡Son monstruos, no hay problema! ¿Faltan soldados? ¡Usémoslos como
agentes! ¿Necesitan mujeres? ¡Las hembras son bastante atractivas, jajaja!
—Hijo de puta…
«Bien, bien, se está enfadando. Ahora…»
Con una sonrisa, Gendo coloca su mano derecha sobre
su pecho y se inclina levemente, casi como una reverencia, una que también
tiene cierto tono burlón.
—Oh, qué agresivo. ¿Recuerdas que dije que tu padre
y hermanos murieron? No mencioné a tu madre y ni a tu hermana menor. En
respuesta a tu ofensa: no, tú eres el hijo de puta. Si entiendes a lo que me
refiero, claro.
—¿Q…?
Arnus prentende preguntar lo que quiso decir con
ello, pero comprende al cabo de un par de segundos las palabras de su enemigo.
Así es, la reina Shezenvalery, Myrill Shaua, fue
utilizada para satisfacer la lujuria de los soldados y trabajadores criminales
que el imperio utilizaba. Una anciana en el ocaso de la vida, quien perdió a
sus hijos y a su marido, siendo violada en sus últimos días. Un destino
aborrecible…
—Es una pena que la mina en donde estaba fuera
atacada por un grupo de esos monstruos nocturnos, los Drena, y muriera. Ella
era la única mujer presente, así que los trabajadores la usaban mucho. Dicho
eso, una anciana no sería muy atractiva, de hecho tampoco era muy popular entre
los obreros, si tuviese un reemplazo de seguro hubiera terminado sus días en
paz. Pero en la oscuridad y en estado de ebriedad cualquier cosa que tenga un
agujero sirve para esas escorias.
—La reina… —Narea y los demás, quienes habían
despertado hace pocos segundos atrás, murmuran horrorizados al pensar en los
últimos días de la madre de Arnus.
Arnus lanza un alarido de ira, golpeando tanto como
puede la pared de la barrera que lo mantiene contenido.
—¡¡Te mataré!!
¡¡Te mataré!! ¡¡Te mataré!! ¡¡Te juro que en el momento en que salga de aquí,
te mataré!! ¡¡Te haré pedazos!! ¡¡Te destrozaré por completo!! ¡¡Nadie
reconocerá tu cadáver!! ¡¡Lo haré yo mismo!! ¡¡Lentamente!! ¡¡Con mis propias
manos!!
—Oye, oye, no te enfades tanto, todavía no te cuento
lo que sucedió con la otra chica —interrumpe el orejas largas.
Arnus se detiene en seco, espantado por lo que pudo
haber sido el destino de la pequeña que no alcanzó a conocer.
—Hablemos entonces de tu hermana. Ella sí que era
una belleza. Aunque era muy pequeña cuando la capturamos. Tan pequeña...
El rostro desesperado del príncipe, lleno de temor
por simples palabras que perfectamente podrían ser mentira, deleitan al
Kaevalery, quien no puede evitar expresar una sonrisa en su rostro mientras
contempla la escena. Claro está, incluso si Arnus no le creyera todo, lo que
decía en ese momento era una verdad también.
—Para nuestra suerte ella era un demonio, así que
como buen monstruo, un poco de carne rancia bastaba como alimento, ¿no?
—¡Maldito!
—¡Era una niña pequeña!
Kalga y Narea gritan enfurecidos al «héroe».
—¡No les estoy hablando a ustedes, niños de mierda!
—exclama el Kaevalery, simulando un enfado desmesurado y pateando el rostro del
pequeño demonio antes de que comenzara nuevamente a intentar liberarse de su
restricción—. La cría de un monstruo ni siquiera merece vivir, agradezcan que
se le permitiera una comida. Bueno, incluso con esa alimentación, creció
bastante bien. Parece que tengo un don de crianza, observa a esta putita…
Gendo agarra a Tina de su cabello y la arrastra
acercándola a la barrera con Arnus. Justo a sus pies se encuentra Narea, quien
intenta por todos sus medios el recuperar la movilidad.
—Una rata traicionera, cínica, mentirosa,
manipuladora, arrogante y codiciosa, pero con un cuerpo bien formado. Después
de que le quité su virginidad, ni siquiera sus compañeros esclavos se
resistieron a hacerle algo cuando les
ordené que la «entrenaran». ¡Podría decirse que tragaba más semen que agua,
jajaja!
Tina se limita a observar el suelo sin contestar a
sus palabras y recordando los años en los que estuvo cautiva como esclava del
Kaevalery. Una pequeña lágrima sale de sus ojos cuando rememora la pérdida de
alguien especial en esos tiempos.
—¡Monstruo!
¡¿Cómo le haces eso a una niña tan pequeña?! —grita Narea, furiosa. Sus
cuernos salen de su cabeza y sus ojos se ennegrecen, mostrando la forma que los
Shezenvalery tienen cuando están bajo un sentimiento de ira extrema. El aura
que inspira temor aparece a su alrededor, alejando a los soldados enemigos por
un breve momento. Al igual que el resto de su especie, el poder de Narea en esa
forma es mayor y usando meramente fuerza bruta, logra romper su restricción, abalanzándose
sobre su enemigo.
—Vaya, no esperaba que te liberaras tan pronto.
Tendré que arreglar eso…
Gendo no era un héroe por nada. Lanzando a Tina a un
lado, fácilmente bloquea los ataques y luego golpea el estómago y el rostro de
la mujer. Finalmente restringe sus movimientos otra vez.
—Veo que eres fuerte, lo suficiente como para
resistir un hechizo de restricción simple, pero eso es todo —se burla el
Kaevalery.
—¿Te atreves
a llamarnos monstruos cuando tú haces cosas más detestables? Maldito hipócrita…
—Bah, ya tenía siete años, además yo estaba
borracho, era inevitable, inevitable —responde el «héroe» a la chica, encogiéndose
de hombros. Después de aquello, vuelve a dirigirse al príncipe encerrado en la
barrera—. Ahora, continuando con tu hermana… Al igual que tú, ella me
decepcionó bastante, ¿sabes?
Considerando el comportamiento de Gendo, Arnus se
hacía una vaga idea de lo que diría a continuación, pero no tenía el valor de
aceptar sus pensamientos. Esperó en silencio la verdad transmitida por su
enemigo.
—Se la dejé a unos cuantos mercenarios como paga,
pues en ese momento me faltaba algo de dinero. Al cabo de un rato me la
devolvieron, quejándose de que no podía hacer nada bien, era una completa
inútil en cualquier actividad que le ordenaran —comenta su enemigo, colocando
sus manos sobre su cabeza como si le hubiese causado una jaqueca el recordarlo.
No consideró el hecho de que al ser una princesa y además de una corta edad,
estaba acostumbrada a los mimos y que fallaría en realizar tareas simples—.
Debido a tales quejas, decidí que su uso sería mejor como sujeto de pruebas. Te
impresionaría el saber cuánto loco hay por torturar a una niña pequeña. Según
recuerdo, perdió un ojo en uno de esos «experimentos».
Sufriendo un destino quizás peor que el de su madre,
Kalatra Rabbok fue usada como medio de pago para solventar gastos. Al no
cumplir con las expectativas de los clientes, se le asignó la tarea de
satisfacer a aquellos que disfrutaban de infligir dolor. La humillación y la
tortura eran cosas que quizás ella pudiese superar con el tiempo. Pero Arnus no
era tan optimista. No pudo evitar pensar en todo lo que le sucedió a la pequeña
en el camino.
Por la poca información que había escuchado, su
hermana al terminar la guerra no habría de tener más de doce años. A una edad
tan corta había perdido a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, su hogar,
su reino y su libertad. Se había rebajado a tener que comer carne rancia para
sobrevivir, soportar los insultos de los vencedores, resistir sus abusos. Si a
todo eso se le agrega el ser humillada y torturada por los responsables de su miseria…
La ira ya no podía existir en Arnus, el dolor y la
tristeza eran más grandes. El saber que su madre vivió sus últimos días entre
criminales que deseaban su cuerpo y que su hermana, una niña tan pequeña,
tuviese que pasar por tales atrocidades, eran cosas que su mente apenas podía
soportar.
Se culpaba por todo ello…
Al creer ser el responsable de la guerra, también
creyó ser responsable del destino de sus familiares.
Una gota cayó al suelo.
Luego dos…
Arnus estaba llorando. Se mantuvo mirando el suelo,
expresando su dolor en un llanto inaudible.
—Ah, pero eso no es todo. Algo bastante curioso
sucedió con ella mientras estaba en mi poder —continúa el Kaevalery, notando
que el príncipe estaba perdiendo la batalla psicológica.
—¡No digas más! ¡Por favor! ¡Si continúas…!
Narea ya no podía soportar las palabras de Gendo.
Sentía una repulsión total a su persona, lo odiaba con todo su ser. Pero le
preocupaba más el estado mental de su señor.
¿Podría soportarlo? No, de seguro que no. Si Gendo
continuaba hablando, entonces Arnus se quebraría.
Pero eso era exactamente lo que estaba buscando el
héroe del impedimento…
—Verás… —comienza a hablar, levantando su dedo
índice, con una leve sonrisa como si estuviese contando una anécdota
entretenida—. Después de unos años, comenzó a pedir ayuda. Primero inició con
los criados de mi hogar, luego a los mismísimos guardias. Hasta me rogó por
ayuda a mí una vez.
No hacía falta decir lo que ello significaba, Arnus
y Narea lo comprendían muy bien. La hermana del príncipe, Kalatra Rabbok, había
caído en la locura producto de la desesperación. Tanto al punto de pedir a sus
propios torturadores la salvación, pensando quizás que los pudiese conmover
después de todo lo ocurrido.
—Cuando se cansó de pedir ayuda a los vivos, siguió con
los muertos. Llamó a tu padre, a tu madre y a tus hermanos —menciona el Kaevalery
con un dedo en su mejilla—. Ahora que recuerdo: también te llamó a ti.
Esas últimas palabras fueron el límite de lo que el
príncipe pudo soportar. Gendo continúa hablando, pero ya no escuchaba nada de
lo que decía.
Su hermana le llamó. Incluso cuando se creía que él estaba
muerto, le llamó pidiendo ayuda. Puso sus esperanzas en él. ¿Y cómo le
respondió?
Nada.
El príncipe no hizo absolutamente nada. Arnus ni
siquiera sabía de su existencia hasta hace poco.
El peso que llevaba por sentirse responsable de la
guerra ya era mucho para él y esta nueva carga no hizo más que empeorar su
estado mental.
Quizás Arnus estaría mejor muerto…
En vida pudo haber hecho mucho, pero sus malas
decisiones derivaron en el presente que estaba viviendo.
El daño ya estaba hecho. Nunca podría enmendar sus
errores. El poder era inútil si no podía cambiar el pasado y ahora se
encontraba encerrado, con sus compañeros en peligro por no ser lo
suficientemente precavido.
¿Qué valor tendría la vida de alguien como él? ¿Qué
sentido podría darle cuando ya no le quedaba nada a lo que aferrarse?
Su existencia no traía más que problemas para los
que le rodeaban…
Mientras pensaba aquello, Arnus perdió la voluntad
de vivir y se mantuvo mirando el vacío del mundo que acababa de terminar frente
a él.
—¡Señor Arnus! ¡Levántese señor Arnus!
Narea llama inútilmente a su señor. Kalga está
inconsciente con la nariz rota debido a las patadas de su enemigo. Meg se
mantiene sollozando con sus ojos llenos de lágrimas, mirando a sus compañeros
derrotados.
—Bien, parece que el príncipe se ha quebrado.
Chicos, ya pueden acercarse —ordena Gendo, mientras camina tranquilamente al
lado de la mujer demonio, pasando de ella.
Las tropas Kaevalery se aproximan al demonio con las
armas levantadas.
Aprovechándose de la situación, Tina se acerca a
Narea, susurrándole al oído.
—¡Seño…!
—Quédate callada, voy a hacer que te puedas mover
por un lapso de tiempo, necesito que cures a Kalga tan rápido como sea posi… ¡Agh!
El collar de esclava se activa, brillando
intensamente e interrumpiendo sus acciones. Tina comienza a retorcerse en el
suelo por el dolor, sin lograr nada.
—¿Qué estabas haciendo ahí, Tina? —pregunta el «héroe»
volteando la cabeza con una mirada llena de enfado. Observa a Narea de reojo,
todavía sigue sin poder moverse—. Maten al demonio, no opondrá resistencia —termina
de ordenar a sus tropas.
—¡No! ¡Deténganse! ¡Señor Arnus, despierte! ¡Despierte!
Narea grita con todas sus fuerzas para hacer llegar
sus deseos al demonio, pero el príncipe continúa con la mirada perdida.
«El señor Arnus me dijo que su cuerpo ya no
envejecía, que podía vivir eternamente sin alimentarse. Me gustaría pensar que
es alguien que es incapaz de ser asesinado. Pero las palabras que dijo tan
casualmente en Balboa…», recuerda
ella en sus pensamientos.
—La cosa cambia si me cortan la cabeza.
«Arnus no es inmortal. Si su cuerpo es destruido, si
su cuello le es cortado o si su cerebro es atravesado, ¿podría sobrevivir? ¿Puedo creer en eso
después de sus palabras?»
Tal como sus pensamientos le decían, probablemente
Arnus no era completamente inmortal, sólo poseía una suerte de juventud eterna,
la que le permitiría vivir por siempre, bajo la condición de no perder un
órgano vital que no pueda regenerar con magia. Es decir, si su cerebro dejaba
de funcionar, su vida terminaría.
Narea grita a los soldados, tan fuerte como puede.
Grita en un último intento desesperado por salvar a su señor. No le importa si
su garganta se desgarra o si pierde la capacidad de hablar para siempre.
Sin embargo, sus súplicas no llegaron a los
oídos de sus enemigos. Y la respuesta a sus esfuerzos fue la imagen de Arnus
siendo atravesado por lanzas y espadas
por todo su cuerpo…
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