jueves, 6 de junio de 2019

E.T V.1 C.4-1

Capítulo 4: Traición
Parte 1


   «Mami, te quería mucho…»
   ¡Paf!
   Resonó el golpe en la mejilla de la pequeña niña. La chica se frotaba con dolor y lágrimas en su rostro. La fría mujer la observaba sin mirarle a los ojos. Aquella a quien reconocía como su madre y la única persona con la cual comparte su habitación actualmente. Antes había más, pero después de cierto tiempo dejaron de moverse y fueron llevadas al exterior para nunca volver.
   —Te he dicho mil veces que no te pongas a llorar. ¿Tienes hambre? Pues vete a comer esas sobras —dijo con tono molesto y sin disculparse en absoluto mientras señalaba con el dedo un plato mohoso con trozos putrefactos del pescado del día anterior. Las moscas revoloteaban sobre la comida y las heces cercanas a ella, disfrutando de su propio festín.
   Este era un día común y tranquilo. El golpe fue más suave que otras veces, por lo que la pequeña se encontraba de un mejor humor. Aquella mujer, la que muchas veces le ignoraba completamente, le estaba prestando algo de atención. Aunque claro, hubiese preferido que no la golpeara, pero ya era habitual viviendo durante cinco años con la misma persona.
   «Me pregunto si alguna vez me quisiste también.»
   Por las noches, a veces la pequeña, entre sueños, sentía una mano temblorosa acercarse a su cabeza. Pero siempre antes de posarse sobre ella se detenía abruptamente.
   Medio dormida no comprendía bien las palabras que se le decían, pero una vez captó un fragmento de frase «…no, definitivamente no puedo amarte…», lo que le provocó un inmenso dolor en el pecho, sintiendo como la angustia pasaba por su garganta. Sin embargo, al despertar, seguía estando en la misma habitación, con la misma persona acompañándola. No comprendía las razones, pero se sentía inmensamente feliz de no ser dejada sola en la oscuridad.
   Durante cierto día, el chirrido de los barrotes moviéndose sonó estruendosamente. Nunca le gustó ese sonido, pues siempre indicaban la llegada de «él».
   «Él» a veces llegaba solo y otras acompañado. Su cuerpo era robusto y su pelo azul oscuro. Su sonrisa no era amable en absoluto y sus ojos le causaban terror. Prefería ser mirada con la indiferencia de su madre que con el desprecio de esa persona. Ese día vino con un hombre cuyo rostro estaba deformado, con ojos muy grandes y una sonrisa babosa.
   —¡No! ¡Suéltenme! —gritó la mujer. Esa era otra razón por la cual no le gustaba «él». Su madre siempre sufría cuando aparecía.
   —Je, esta puta aún se resiste —comentó esa persona mientras desvestía a su compañera de habitación forzosamente—. Pensé que sería más dócil cuando le di una hija…
   Una vez terminaba, pronunció una orden y los grilletes de su madre se iluminaron fuertemente, impidiéndole moverse. Luego él se desvistió también y le hizo daño con movimientos bruscos.
   —Malditos traidores… —respondió, desafiante, su madre, con ojos llenos de desprecio.
   —¿Ah? ¿Todavía te quedan fuerzas para decir eso? —replicó ese hombre mientras intensificaba sus movimientos—. Agradece que el imperio te perdonó la vida, no como a… ¿Cómo se llamaba tu novio?
   Las últimas palabras nunca antes las había escuchado. «¿Qué es un novio?» se preguntó la pequeña. Quizás era una persona muy importante, porque su madre comenzó a llorar con una gran tristeza después de mencionar esa palabra. Nunca había visto ese rostro, lo que la llevó a actuar.
   —¡Dejen a mi mami tranquila! —gritó, lanzando las espinas de uno de los pescados que no se atrevió a comer porque olía muy mal. Las sobras de comida impactaron en el rostro de ese hombre, lo que detuvo sus acciones por unos instantes.
   «Él» se levantó y le dio una fuerte patada en el estómago.
   —¡Tú no te metas! —gritó violentamente mientras ella veía alejarse del lugar al ser despedida por el impacto.
   La pequeña rodó por el suelo y se mantuvo recostada. Respirar era difícil.
   Mientras se encorvaba de dolor, sintió cómo su cabello era agarrado bruscamente y siendo tirada de él, quedó suspendida en el aire.
   —¡¿Qué haces?! ¡Duele! ¡Me duele! —gritaba la menor, sosteniendo sus manos al brazo del hombre instintivamente para que el dolor disminuyera.
   —Eso les pasa a las esclavas que se atreven a ir contra los deseos de sus amos. Activaría la restricción, pero si mueres no podré venderte —dijo esa persona, quien le propina un golpe en el hombro.
   —¡Ay! ¡Me duele! ¡Detente!
   —¿Te duele? ¿Y a mí qué mierdas me importa? Esto te enseñará una lección…
   Mientras era golpeada duramente, la pequeña notó que su madre la observaba con un rostro de preocupación, pero la mujer no hizo ni dijo nada para detener la agresión y se limitó a desviar la mirada luego de un rato.
   —¡Por favor! ¡Para! ¡Ya aprendí! ¡Ya aprendí! —gritaba la niña, desesperada. Ya no podía soportar el dolor. Ya había aprendido la lección, ya no podría ayudar más a su madre de esa forma.
   —Aún no, debe quedarte bien claro, de manera que ni siquiera pienses en volver a hacerlo —respondió «él» mientras le propinaba unos cuantos golpes más.
   Ya cuando estaba perdiendo la consciencia, escuchó el vomitar de su madre en el suelo.
   La intervención no intencionada desvió la atención del hombre y observó a la mujer, quien seguía postrada en el suelo, deteniendo su mirada en el charco de desperdicios, aterrada.
   Tiene que ser una broma… —escuchó decir a su madre.
   El acompañante de ese día la palmoteó en varias partes del cuerpo y luego recitó unas palabras. Un círculo extraño apareció brillando de su mano, flotando en el aire. Era la primera vez que la pequeña observaba el uso de la magia.
   —Oye, esta puta está preñada de nuevo al parecer —concluyó el desfigurado, poco tiempo después.
   —Genial, ganaré más dinero cuando crezcan —respondió «él», dirigiéndose a su invitado con una sonrisa orgullosa. Luego observó a la casi-inconsciente pequeña que seguía sosteniéndose de su brazo—. Parece que serás una hermana mayor ahora.
   —¿Hermana mayor?
   La niña no comprendía el significado de esas palabras. Notando esto, «él» le explicó lo que implicaba aquello y la infanta, a medida que entendía mejor la frase, se sentía más y más feliz.
   Nunca había interactuado antes con otra persona que no fuese su madre. Los otros que alguna vez estuvieron en la habitación nunca le dirigieron la palabra y nunca la siguieron con los ojos. El saber que ahora habría un nuevo acompañante en el lugar y alguien de similar edad le parecía algo digno de celebración.
   «A veces me sentía solita, pero me bastaba con estar contigo, incluso si yo te desagradaba…»
   Cierto día, la niña se despertó, tiritando en la madrugada. Los golpes que había recibido la última vez se mostraban como moratones en su cuerpo. Cada vez que los tocaba le dolían un poco y a veces le interrumpían el sueño, pero esta vez era simplemente el frío del ambiente el causante de su despertar.
   —¿Mami? ¿Te llevaste la manta otra vez? —preguntó mientras se frotaba los ojos. No era algo inusual en el comportamiento de su madre, especialmente durante los días cuando más frío se sentía. En esos casos ella tendría que abrazarla para mantener el calor, pero esta vez estaba más alejada de ella y parecía estar de pie.
   La pequeña se acercó al no recibir respuesta y gastó unas pequeñas bromas, o al menos lo que le parecían ser bromas en el ambiente donde se había criado. Sin embargo, su madre seguía sin responder. Por lo general un «Cállate» saldría de su boca.
   —¿No hablarás conmigo hoy? No me gusta ese juego… —comentó al pensar que ese era el nuevo «juego» que tendrían ese día. Ella prefería el «Pide comida a los guardias», especialmente porque a veces aparecía uno gordinflón que compartía sus raciones con ellas, las que curiosamente siempre sabían mejor que su propia merienda.
   —Oye, mami, por favor dime algo. ¿Hice algo mal? Yo te quiero mu… —continuó acercándose más y más, hasta notar que los pies de su madre no estaban tocando el suelo. Al mirar hacia arriba pudo notar la manta raída y dura, con la cual dormían, atada a su cuello y a los barrotes de la pequeña ventana que permitía la entrada de la luz en el día—. ¿Eh? ¿Por qué?
   Al tocar a la mujer colgada pudo notar lo frío y duro que se había vuelto su cuerpo, completamente tenso. La mirada que poseía con sus ojos hinchados se perdía en la nada misma. Su boca abierta y con la lengua afuera no emitía el calor del vapor al respirar. El brillo del accesorio en su cabeza ya no existía…
   Ella lo sabía. Era la misma situación de las otras personas antes de desaparecer para siempre. Ella estaba satisfecha con estar con su madre, sentirse acompañada de ella incluso si no la tratara bien. Siempre trataba de mostrarse alegre, porque notó que así sus duros ojos se suavizaban un poco al verla. Siempre intentaba resistir el hambre y compartía su comida con ella porque así hablaba más seguido. Siempre le obedeció en todo lo que le decía apenas pudo comprender las palabras, porque su semblante se mostraba menos serio. Dejó de intentar hablar con los guardias de turno porque siempre la ponían de mal humor, a no ser que pidiera comida. Todo para que su madre pasara sus días de mejor manera, para demostrarle que gustaba de estar junto a ella…
   «…Pero me abandonaste.»

***

   Días después de que su madre fuera llevada lejos por los guardias, la pequeña se mantenía sentada en un rincón con su mirada posada en el suelo.
   Esperaba ansiosa su regreso. Pero sabía que las probabilidades eran prácticamente nulas, ya que nunca había visto volver a las otras personas. Sin embargo mantenía su esperanza.
   Sin previo aviso, el chirrido de los barrotes sonó nuevamente de forma estruendosa.
   ¿Su madre volvería? Expectante, la pequeña levantó ligeramente la mirada.
   —Esta es la niña, ha estado así desde que su madre se suicidó… —comentó él a un nuevo invitado—. Así no me sirve y no quiero criarla, se la puede quedar a un menor precio.
   El nuevo invitado tenía una complexión muy diferente a lo que ella solía ver. Un cabello curioso de dos colores, rojo y amarillo. Poseía ojos azules con la mirada extraña, orejas muy largas y redondeadas y sin tener halo ni alas.
   —Me gustan las ofertas… —respondió el desconocido. Luego, miró a la pequeña niña a los ojos y sonrió de forma aparentemente amable, pero algo le disgustaba de su expresión, sin saber bien por qué—. Hola, chica, mi nombre es Gendo Fessterak, ¿cómo te llamas?
   —T-Tina… —respondió tímidamente, no acostumbrada a que otras personas le hablen directamente—. Tina Lyrium...


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