Parte 1
«Mami, te quería mucho…»
¡Paf!
Resonó el golpe en la mejilla de la pequeña niña. La
chica se frotaba con dolor y lágrimas en su rostro. La fría mujer la observaba
sin mirarle a los ojos. Aquella a quien reconocía como su madre y la única
persona con la cual comparte su habitación actualmente. Antes había más, pero
después de cierto tiempo dejaron de moverse y fueron llevadas al exterior para
nunca volver.
—Te he dicho mil veces que no te pongas a llorar.
¿Tienes hambre? Pues vete a comer esas sobras —dijo con tono molesto y sin
disculparse en absoluto mientras señalaba con el dedo un plato mohoso con
trozos putrefactos del pescado del día anterior. Las moscas revoloteaban sobre
la comida y las heces cercanas a ella, disfrutando de su propio festín.
Este era un día común y tranquilo. El golpe fue más
suave que otras veces, por lo que la pequeña se encontraba de un mejor humor.
Aquella mujer, la que muchas veces le ignoraba completamente, le estaba prestando
algo de atención. Aunque claro, hubiese preferido que no la golpeara, pero ya
era habitual viviendo durante cinco años con la misma persona.
«Me pregunto si alguna vez me quisiste también.»
Por las noches, a veces la pequeña, entre sueños,
sentía una mano temblorosa acercarse a su cabeza. Pero siempre antes de posarse
sobre ella se detenía abruptamente.
Medio dormida no comprendía bien las palabras que se
le decían, pero una vez captó un fragmento de frase «…no, definitivamente no
puedo amarte…», lo que le provocó un inmenso dolor en el pecho, sintiendo como
la angustia pasaba por su garganta. Sin embargo, al despertar, seguía estando
en la misma habitación, con la misma persona acompañándola. No comprendía las
razones, pero se sentía inmensamente feliz de no ser dejada sola en la
oscuridad.
Durante cierto día, el chirrido de los barrotes
moviéndose sonó estruendosamente. Nunca le gustó ese sonido, pues siempre
indicaban la llegada de «él».
«Él» a
veces llegaba solo y otras acompañado. Su cuerpo era robusto y su pelo azul
oscuro. Su sonrisa no era amable en absoluto y sus ojos le causaban terror.
Prefería ser mirada con la indiferencia de su madre que con el desprecio de esa
persona. Ese día vino con un hombre cuyo rostro estaba deformado, con ojos muy
grandes y una sonrisa babosa.
—¡No! ¡Suéltenme! —gritó la mujer. Esa era otra
razón por la cual no le gustaba «él». Su madre siempre sufría cuando aparecía.
—Je, esta puta aún se resiste —comentó esa persona
mientras desvestía a su compañera de habitación forzosamente—. Pensé que sería
más dócil cuando le di una hija…
Una vez terminaba, pronunció una orden y los grilletes
de su madre se iluminaron fuertemente, impidiéndole moverse. Luego él se desvistió
también y le hizo daño con movimientos bruscos.
—Malditos traidores… —respondió, desafiante, su
madre, con ojos llenos de desprecio.
—¿Ah? ¿Todavía te quedan fuerzas para decir eso? —replicó
ese hombre mientras intensificaba sus movimientos—. Agradece que el imperio te
perdonó la vida, no como a… ¿Cómo se llamaba tu novio?
Las últimas palabras nunca antes las había
escuchado. «¿Qué es un novio?» se preguntó la pequeña. Quizás era una persona
muy importante, porque su madre comenzó a llorar con una gran tristeza después
de mencionar esa palabra. Nunca había visto ese rostro, lo que la llevó a
actuar.
—¡Dejen a mi mami tranquila! —gritó, lanzando las
espinas de uno de los pescados que no se atrevió a comer porque olía muy mal.
Las sobras de comida impactaron en el rostro de ese hombre, lo que detuvo sus
acciones por unos instantes.
«Él» se levantó y le dio una fuerte patada en el
estómago.
—¡Tú no te metas! —gritó violentamente mientras
ella veía alejarse del lugar al ser despedida por el impacto.
La pequeña rodó por el suelo y se mantuvo recostada.
Respirar era difícil.
Mientras se encorvaba de dolor, sintió cómo su
cabello era agarrado bruscamente y siendo tirada de él, quedó suspendida en el
aire.
—¡¿Qué haces?! ¡Duele! ¡Me duele! —gritaba la
menor, sosteniendo sus manos al brazo del hombre instintivamente para que el
dolor disminuyera.
—Eso les pasa a las esclavas que se atreven a ir
contra los deseos de sus amos. Activaría la restricción, pero si mueres no
podré venderte —dijo esa persona, quien le propina un golpe en el hombro.
—¡Ay! ¡Me duele! ¡Detente!
—¿Te duele? ¿Y a mí qué mierdas me importa? Esto te
enseñará una lección…
Mientras era golpeada duramente, la pequeña notó que
su madre la observaba con un rostro de preocupación, pero la mujer no hizo ni
dijo nada para detener la agresión y se limitó a desviar la mirada luego de un
rato.
—¡Por favor! ¡Para! ¡Ya aprendí! ¡Ya aprendí! —gritaba
la niña, desesperada. Ya no podía soportar el dolor. Ya había aprendido la
lección, ya no podría ayudar más a su madre de esa forma.
—Aún no, debe quedarte bien claro, de manera que ni
siquiera pienses en volver a hacerlo —respondió «él» mientras le propinaba unos
cuantos golpes más.
Ya cuando estaba perdiendo la consciencia, escuchó
el vomitar de su madre en el suelo.
La intervención no intencionada desvió la atención
del hombre y observó a la mujer, quien seguía postrada en el suelo, deteniendo
su mirada en el charco de desperdicios, aterrada.
—Tiene que ser una broma… —escuchó decir a su madre.
El acompañante de ese día la palmoteó en varias
partes del cuerpo y luego recitó unas palabras. Un círculo extraño apareció
brillando de su mano, flotando en el aire. Era la primera vez que la pequeña
observaba el uso de la magia.
—Oye, esta puta está preñada de nuevo al parecer —concluyó
el desfigurado, poco tiempo después.
—Genial, ganaré más dinero cuando crezcan —respondió
«él», dirigiéndose a su invitado con una sonrisa orgullosa. Luego observó a la
casi-inconsciente pequeña que seguía sosteniéndose de su brazo—. Parece que
serás una hermana mayor ahora.
—¿Hermana mayor?
La niña no comprendía el significado de esas palabras.
Notando esto, «él» le explicó lo que
implicaba aquello y la infanta, a medida que entendía mejor la frase, se sentía
más y más feliz.
Nunca había interactuado antes con otra persona que
no fuese su madre. Los otros que alguna vez estuvieron en la habitación nunca
le dirigieron la palabra y nunca la siguieron con los ojos. El saber que ahora
habría un nuevo acompañante en el lugar y alguien de similar edad le parecía
algo digno de celebración.
«A veces me sentía solita, pero me bastaba con estar
contigo, incluso si yo te desagradaba…»
Cierto día, la niña se despertó, tiritando en la
madrugada. Los golpes que había recibido la última vez se mostraban como
moratones en su cuerpo. Cada vez que los tocaba le dolían un poco y a veces le
interrumpían el sueño, pero esta vez era simplemente el frío del ambiente el
causante de su despertar.
—¿Mami? ¿Te llevaste la manta otra vez? —preguntó
mientras se frotaba los ojos. No era algo inusual en el comportamiento de su
madre, especialmente durante los días cuando más frío se sentía. En esos casos
ella tendría que abrazarla para mantener el calor, pero esta vez estaba más
alejada de ella y parecía estar de pie.
La pequeña se acercó al no recibir respuesta y gastó
unas pequeñas bromas, o al menos lo que le parecían ser bromas en el ambiente
donde se había criado. Sin embargo, su madre seguía sin responder. Por lo
general un «Cállate» saldría de su boca.
—¿No hablarás conmigo hoy? No me gusta ese juego… —comentó
al pensar que ese era el nuevo «juego» que tendrían ese día. Ella prefería el «Pide
comida a los guardias», especialmente porque a veces aparecía uno gordinflón
que compartía sus raciones con ellas, las que curiosamente siempre sabían mejor
que su propia merienda.
—Oye, mami, por favor dime algo. ¿Hice algo mal? Yo
te quiero mu… —continuó acercándose más y más, hasta notar que los pies de su
madre no estaban tocando el suelo. Al mirar hacia arriba pudo notar la manta
raída y dura, con la cual dormían, atada a su cuello y a los barrotes de la
pequeña ventana que permitía la entrada de la luz en el día—. ¿Eh? ¿Por qué?
Al tocar a la mujer colgada pudo notar lo frío y
duro que se había vuelto su cuerpo, completamente tenso. La mirada que poseía
con sus ojos hinchados se perdía en la nada misma. Su boca abierta y con la
lengua afuera no emitía el calor del vapor al respirar. El brillo del accesorio
en su cabeza ya no existía…
Ella lo sabía. Era la misma situación de las otras
personas antes de desaparecer para siempre. Ella estaba satisfecha con estar
con su madre, sentirse acompañada de ella incluso si no la tratara bien.
Siempre trataba de mostrarse alegre, porque notó que así sus duros ojos se
suavizaban un poco al verla. Siempre intentaba resistir el hambre y compartía
su comida con ella porque así hablaba más seguido. Siempre le obedeció en todo
lo que le decía apenas pudo comprender las palabras, porque su semblante se
mostraba menos serio. Dejó de intentar hablar con los guardias de turno porque
siempre la ponían de mal humor, a no ser que pidiera comida. Todo para que su
madre pasara sus días de mejor manera, para demostrarle que gustaba de estar
junto a ella…
«…Pero me abandonaste.»
***
Días después de que su madre fuera llevada lejos por
los guardias, la pequeña se mantenía sentada en un rincón con su mirada posada
en el suelo.
Esperaba ansiosa su regreso. Pero sabía que las
probabilidades eran prácticamente nulas, ya que nunca había visto volver a las
otras personas. Sin embargo mantenía su esperanza.
Sin previo aviso, el chirrido de los barrotes sonó
nuevamente de forma estruendosa.
¿Su madre volvería? Expectante, la pequeña levantó
ligeramente la mirada.
—Esta es la niña, ha estado así desde que su madre
se suicidó… —comentó él a un nuevo
invitado—. Así no me sirve y no quiero criarla, se la puede quedar a un menor
precio.
El nuevo invitado tenía una complexión muy diferente
a lo que ella solía ver. Un cabello curioso de dos colores, rojo y amarillo.
Poseía ojos azules con la mirada extraña, orejas muy largas y redondeadas y sin
tener halo ni alas.
—Me gustan las ofertas… —respondió el desconocido.
Luego, miró a la pequeña niña a los ojos y sonrió de forma aparentemente
amable, pero algo le disgustaba de su expresión, sin saber bien por qué—. Hola,
chica, mi nombre es Gendo Fessterak, ¿cómo te llamas?
—T-Tina… —respondió tímidamente, no acostumbrada
a que otras personas le hablen directamente—. Tina Lyrium...
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