miércoles, 5 de junio de 2019

E.T V.1 C.3-5

Capítulo 3: La calma antes de la tormenta
Parte 5


   Horas antes, en una posada común…
   —Quiero dos habitaciones.
   —¿Para cuántas personas cada una?
   —Una para una persona y otra para dos.
   —Muy bien. ¿La habitación única es para la esclava? Tenemos una oferta en el establo que…
   —¡Claro que no! ¡La habitación de dos será para mí y el demonio!
   De un golpe a la mesa de recepción, Tina interrumpe la conversación que había entre Arnus y el dueño del lugar.
   —¿Eh? ¿Es así? —responde el posadero, perplejo.
   Pam.
   Un manotazo golpea la cabeza de la pequeña alada, lo suficientemente fuerte como para causarle dolor, pero relativamente suave considerando la fuerza del agresor.
   —No digas esas cosas, que después los rumores corren —regaña Arnus con la mano levantada. Luego, dirigiéndose al dueño de la posada—. No le preste atención, la habitación única es para mí. Estas dos chicas dormirán juntas.
   —Confirmado el pago, señor, que tenga una buena noche. Los desayunos serán hasta que el sol esté en lo alto. —Con una sonrisa y una reverencia respetuosa, el posadero, un Serevalery gordinflón, le entrega las llaves de las habitaciones al príncipe.
   El grupo sube las escaleras a sus respectivos dormitorios. Cabe decir que Tina lo hace refunfuñando y quejándose sobre el daño causado a una «bella flor» como se autodenomina a sí misma.
   Ya en el segundo piso, Arnus se aleja y Narea entra a su habitación. Tina se mantiene de pie frente a la puerta, gruñendo como un animal disgustado.
   —¡¿Por qué rayos tengo que dormir contigo?! ¡Esta es una oportunidad única para conquistar a ese demonio! —exclama disgustada, cruzándose de brazos.
   —Lamento no ser quien desea —replica Narea, en un tono triste—. Si me permite preguntarle, ¿cuál es su plan? Tal vez le pueda ayudar.
   Tina se sienta de mala gana sobre una cama mientras expone sus hazañas.
   —Lo he halagado para aumentar su orgullo, me he hecho la débil para apelar a su sentido protector, me he aproximado de forma tímida y también segura, le he demostrado que puedo valerme por mí misma, he apelado a su mente y su nobleza.
   —Vaya, ¿ha hecho tantas cosas? —comenta la mujer Shezenvalery mientras se dispone a tomar una taza que contiene un brebaje de color anaranjado.
   «No recuerdo haber visto ninguna de ellas sin embargo…»
   En efecto, Tina había intentado todo lo expuesto, sin embargo, nada de ello había resultado, pues el hechizo [Encanto] distorsionaba sus gestos de la manera que ella quería antes de conocer al demonio. Su dependencia a la magia le había quitado su habilidad para realizar tales tareas de manera real.
   —He intentado en todos los gustos usuales, excepto uno.
   —¿Cuál sería ese? —se cuestiona Narea mientras comienza a beber.
   —Pues satisfacer su lujuria.
   —¡¿Fueeeeh?!
   La última frase de la pequeña le hace escupir todo en su boca por la sorpresa. Que una niña ofrezca su cuerpo para conseguir lo que desea no es un pensamiento normal y mucho menos agradable. En especial para ella, que luego de sentirse responsable del asesinato de niños pequeños, los tenía en mayor consideración.
   —¿Por qué reaccionas así? —pregunta Tina, sorprendida—. Los hombres no pueden escapar a sus instintos. No importa qué tanta voluntad tengan, al final caen ante las tentaciones de la carne. Muchas veces sólo hace falta eso para que se arrodillen ante una.
   —No creo que esa sea una muy buena idea… Su virginidad no es algo que pueda regalar a cualquiera.
   Las últimas palabras de Narea por algún motivo molestan a Tina, quien la mira ahora con un semblante serio.
   —Narea, fuiste esclava, al igual que lo soy yo. ¿Realmente crees que me he conservado virgen? ¿Qué no me han mancillado ya?
   —¿Eh? —Narea se paraliza ante la declaración de su acompañante. Una niña tan pequeña, ¿mancillada ya?—. ¡P-Pero la señorita es tan joven! ¿Qué clase de monstruo…?
   —Uno a quien le gustan las niñas desde los siete años… —responde cortantemente Tina, quien se da media vuelta y no permite que se vea su rostro—. No quiero hablar de eso…
   «Señorita Tina…»
   Narea no puede imaginar la vida que ha pasado la pequeña. Considerando su edad y siendo una esclava, habiendo sido violada quizás por cuántas personas. Torturada al punto de tener su espalda en un estado incurable y sus alas muy maltratadas. El hecho de estar con ellos implica que de algún modo logró escapar de ese infierno. Pero para sobrevivir quizás qué cosas haya tenido que realizar.
   —Bueno, ahora no hay problemas entonces, ¿verdad? —Mientras la mujer demonio se mantenía en silencio, Tina ya había recuperado su forma habitual de ser. Una chica extravagante y alegre en la superficie—. Tengo la confianza de que mi cuerpo y experiencia puede satisfacer hasta el hombre más exigente. Iré a la habitación de Arnus, ¿me acompañas?
   —Señorita, el señor Arnus en realidad no… —murmura Narea, pero se detiene a la mitad de su frase, no puede revelar la condición de su señor.
   «Después de contarme algo como eso, ¿cómo puedo decirle que no existe esperanza en su relación?»
   Sumida en sus pensamientos, creyendo que la pequeña niña enfrente de ella gusta del príncipe de los demonios y por ello intenta seducirle. ¿Cómo poder decirle a esa no-tan-inocente niña que él es incapaz de sentir amor? ¿Que sus esfuerzos son en vano?
   —¡Oye, te estás quedando atrás!
   —¡Ah! ¡Voy enseguida!
   Siguiendo a Tina, quien no esperó a que su compañera de habitación dejara de pensar, Narea sale de su cuarto.

***

   La madera de la habitación cruje ante la baja temperatura de la noche.
   Tina se encuentra acostada en una cama, durmiendo profundamente. Entre sueños menciona a su madre.
   —¿Y bien?
   —Awawawah…
   En el suelo está Narea arrodillada, sudando nerviosamente ante el imponente príncipe en frente de ella.
   —¿Qué significa esto? —Arnus pregunta a la Shezenvalery el motivo de la situación en la que se encuentran.
   —Lo siento, su majestad, la señorita Tina insistió en venir. Quería ganar su afecto satisfaciendo su lujuria… —responde la mujer, arrepentida—. Pero no nos esperábamos que durmiese con la armadura puesta. Tina intentó quitársela, pero se rindió al rato y se quedó dormida… —explica finalmente.
   Arnus coloca su mano sobre su cabeza, en señal de tener una gran jaqueca.
   —Esta niña no se rinde con nada. Narea, ¿cómo permitiste que esto sucediera? Incluso sin la maldición no me meto con niñas pequeñas.
   —Pensé que tal vez ella lograría algo… —La Shezenvalery comienza a explicarse en un tono arrepentido.
   —Narea —interrumpe Arnus, pero es ignorado.
   —No…
   —Oye Narea.
   —¡Estoy segura! ¡Tina es alguien especial! ¡Si usted le da la oportunidad…!
   —¡¡Narea!! —Arnus finalmente grita, asustando a su compatriota—. Lo siento, no era mi intención gritarte —se disculpa luego de ver que sus orejas están apuntando hacia arriba, muy tensas, en señal de alerta—. Escucha, no soy ni seré alguien quien se aprovecha de los sentimientos de un infante para satisfacer su lujuria. Estoy incapacitado ahora debido a la maldición, pero incluso sin ella no le tocaría ni un pelo a esta niña, ¿entiendes?
   —¿Y qué pasará cuando ella crezca? ¿Podría aceptar sus sentimientos?
   —Sin esta condición, tal vez, pero de momento soy incapaz de darle lo que ella desea. No puedo entregar amor y me rehúso a engendrar un hijo sin ese sentimiento. Sabes cómo son nuestras costumbres.
   —«Sin el afecto entre las dos partes, los hijos no tendrán protección divina, nacerán débiles y enfermizos» —recita Narea una de las creencias de su especie—. Lo sé, sé que estoy siendo egoísta. Pero quiero que ella tenga una vida mejor que la que ha tenido. Si al menos está con quien ama…
   ¿Te habló de su pasado?
   —No mucho, pero su actitud probablemente se debe a que de otro modo hace mucho que su mente se habría quebrado.
   —Perdón —se disculpa el príncipe, cabizbajo.
   —¿Eh?
   —Si hubiese participado en la guerra, probablemente nada de esto habría pasado.
   —¿Por qué dice eso, señor? Usted no tiene la culpa, no sabía que se desataría la guerra. No es el causante de ella tampoco. —Narea no comprende lo que quiere decir Arnus con su disculpa. Como bien ella dijo, la guerra era algo que no se podían esperar. Existía un tratado de no agresión entre las dos partes. Los que incumplieron fueron unos irresponsables de su especie y si se suma el miedo y odio infundado a los Shezenvalery por su condición, era algo impredecible.
   —No, es mi culpa —Sin embargo, su señor insiste.
   —Pero señor…
   —Estuve investigando un poco sobre los motivos que originaron el conflicto. La razón es tan estúpida que no me creo que sea algo como eso. La muerte de unos campesinos no equivale a la masacre de toda una especie —explica sus razones Arnus, quien revela el origen supuesto del conflicto—. ¿Sabes que la guerra comenzó en el año 877 de la era actual? Eso fue cincuenta años después de que yo desapareciera.
   —No entiendo la relación.
   —Según la ley de esos tiempos, si un Shezenvalery no hace acto de presencia en cincuenta años, se declara como muerto oficialmente.
   —¡¿Eh?! ¡Eso quiere decir…!
   —Que el imperio consideró que yo era una pérdida significativa en la fuerza militar. No dejarían pasar esa oportunidad.
   Así como acababa de mencionar, uno de los verdaderos motivos de la guerra fue la ausencia de Arnus como defensor de su pueblo. Tal vez el imperio quería tierras o minerales, esas razones podrían ser suficientes como para invadir territorios. Sin embargo no se arriesgaría tan fácilmente, esperaría el momento oportuno, instante el cual llegó con la noticia de la desaparición del príncipe Shezenvalery.
   —Yo… soy la causa de esta guerra. El motivo por el cual mi padre fue asesinado. La razón por la que sufriste las humillaciones de la esclavitud. El origen del por qué la sonrisa de esta niña siempre es falsa —declara Arnus mientras observa a la pequeña niña que duerme sobre su cama—. No puedo revivir a los muertos, pero puedo darles un futuro a sus hijos. Recuperaré este reino. Expulsaré a los invasores y protegeré a mi gente por el resto de mi eternidad.
   El príncipe muestra sus motivaciones. Un deseo no de recuperar sus tierras para él como primer príncipe de un reino conquistado. Sino para su pueblo, al que se le arrebató todo. Una forma de disculparse con aquellos a quienes no pudo proteger.
   —No puedo hacerlo sólo sin embargo... —Cruzándose de brazos, Arnus comprende de que por muy fuerte que sea, no le es posible cumplir con su objetivo por sí mismo—. Eres inteligente, bella y leal a tu pueblo. En el futuro serás un ejemplo a seguir, eres fuerte y noble. La gente te respetará y amará. Quizás lo consideres algo precipitado, ya que no nos conocemos desde hace mucho, pero el aura que despides es algo diferente a todas las presencias de nuestra especie.
   El demonio alza su mano, buscando ayuda de la chica en frente de él. Mencionando los puntos que él considera clave para tener esperanza en un futuro mejor para su especie.
   —¿Serías mi mano derecha cuando esto acabe?
   —¿Eh? —Narea está perpleja ante la proposición. Había venido a su habitación para ayudar a emparejar a Tina con su señor y terminó ella con una declaración de ese tipo—. ¿Q-Qué es lo que me está queriendo decir? —pregunta, negándose a sí misma lo ocurrido, ruborizándose ligeramente.
   —Puede que sea cruel, considerando que no recibirás nada de mi parte, pero nadie más puede cumplir ese rol —se disculpa el príncipe antes de aclarar de mejor manera sus palabras—. Te estoy pidiendo que te conviertas en la reina de Urak. Estarás a mi lado y tendrás la misma influencia. Fingirás amor hacia mí, como yo fingiré amor hacia ti. Y cuando sea el momento, fingirás llorar mi supuesta muerte.
   —¿Eh? No lo entiendo…
   —Nadie más debe saber mi condición inmortal, me convertiré en una amenaza invisible para nuestros enemigos. Seré el arma secreta de los Shezenvalery.
   —Esa es una decisión demasiado importante, yo no… —responde la chica ante la propuesta. No puede ocultar su vergüenza y el rubor de sus pómulos se intensifica.
   —No estás obligada a responder de inmediato, piénsalo bien. Cuando tomes tu decisión la aceptaré.
   —Su majestad, yo…
   ¡Toc, toc!
   Fuertes golpes a la puerta de su habitación interrumpen las últimas palabras de Narea, llamando la atención de los demonios.
   Arnus se asoma, lentamente, para ver quién está al otro lado, una chica de cabello blanco y ondulado se lanza sobre él.
   —¡Por favor! ¡Necesito su ayuda! ¡Mi hermano! ¡Mi hermano está en peligro!
   «La niña que estaba con los bandidos, ¿por qué está aquí?», piensa tras reconocer a la pequeña que pide desesperadamente auxilio.
   Arnus detecta presencias hostiles a su alrededor, acercándose lentamente y en una gran cantidad.
   —¿Lo tiene el imperio? —pregunta a la pequeña.
   —¡S-Sí! ¿Cómo lo supo? —responde la chica bandida entre lágrimas.
   —Porque nos tienen rodeados —replica Arnus, cuyo semblante se torna extremadamente serio—. ¡Narea! ¡Revisa el perímetro, busca una zona donde sea posible escapar! —ordena a su compañera, quien comienza a observar los alrededores a través de una ventana. Luego, vuelve a dirigirse a la niña de su especie, en un tono amable—. Ayudaremos a tu hermano, pero primero debemos salir de aquí.
   —¡Encontré una ruta de escape! —anuncia Narea nerviosamente, luego de haber comprobado una gran cantidad de soldados Kaevalery acercándose por todas direcciones.
   —¡Perfecto! ¡Despierto a Tina y nos vamos! —señala el príncipe, quien se dirige a la cama donde duerme la Talavalery, sin saber lo que sucede.
   «Rayos, y yo que creí que este día sería tranquilo…»
   Rodeados de enemigos, la sensación de incomodidad del demonio finalmente tiene una razón. Los días calmados que había tenido y a los que se estaba acostumbrando terminaron abruptamente, dando paso a una gran tormenta que se avecina…

FIN DEL CAPÍTULO III

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