Parte 2
—Permítanme presentarlos. Este dragón es Rugeivyr —comenta
Arnus, con una de sus manos indicando a la majestuosa bestia que se halla
sentada en frente de su grupo de subordinados—. Rugeivyr, estas personas son,
ordenadas de menor a mayor edad, Tina, Megala, Kalga, y Narea. Espero que se
lleven bien —termina de decir, indicando ahora a una niña Talavalery nerviosa,
a una pequeña chica Shezenvalery entrando en pánico, a un niño, que pareciera
ser el hermano de la chica anteriormente mencionada, asombrado y a una mujer
demonio sonriendo con un rostro acomplejado.
—¡¿Esta era la persona que habitaba este lugar?!
¡¿Esta bestia mágica?!
—Nunca dije que era una persona, Tina…
—Arnus, no me digáis que vuestra nobleza ha
sido mancillada por estos vulgares seres inferiores —pregunta el
Drogury con un tono que denota cierta molestia.
—Rugeivyr, te dije que dejaras ese mal hábito menospreciar
a todas las especies no dracónicas —regaña su compañero.
Los dragones suelen ser bestias orgullosas de su
linaje y en general se sienten superiores a otras especies inteligentes. Sin
embargo eso no era motivo para insultar a los demás, siendo este comportamiento
muy mal visto por el monarca, quien le muestra su insatisfacción con una mirada
seria.
—Arnus, creo que nos debes una explicación —exige la
pequeña Talavalery luego de observar la interacción entre esos dos.
—He estado preguntándome desde hace unos
momentos: Arnus, ¿qué tipo de relación lleváis con la mosca Talavalery que os
muestra un trato tan cercano? ¿No erais de la realeza?
—¿Tipo de relación? ¿Protector y protegida?
—¡¿M-Mosca?!
Antes de que Arnus pudiera decir algo más, la
chiquilla alada salta en frente del monstruo con el rostro enrojecido,
sorprendiendo a la bestia.
—¡Ya verás dragón de pacotilla! ¡Que sepas que
estás hablando con Tina Lyrium, reina de los esclavos y diosa de la magia! —exclama
la pequeña.
—¿Reina de los esclavos? Los seres inferiores
se autoimponen títulos de lo más curiosos juajuajua —divertido, Rugeivyr suelta una risotada
ante la declaración del minúsculo ser en frente de él, sin notar que infla sus
mejillas en señal de disgusto—. ¿Y qué es eso de «Diosa de la magia»?
—Bueno, su actuar es como la de una regente cuyo
pueblo son los esclavos, cuando la veas en acción probablemente pienses lo
mismo —comienza a explicar Arnus—. Sobre lo de «Diosa de la magia»… Creo que se
lo autoimpuso cuando le dije que nadie más puede conjurar hechizos sin el uso
del aton.
—¿Sin usar la verbalización? Chiquilla, ¿eres
una bru…?
—¡Agh, no desvíes el tema y explícanos qué sucede
de una buena vez! —interrumpe la pequeña la conversación, enfadada por el
repentino cambio de tema e ignorando su anterior pregunta.
—Bueno, ¿Recuerdan que dije que mi padre me envió en
una misión a los montes? Ésta consistía en asesinar al dragón que amenazaba la
paz del reino. La batalla duró doscientos años aproximadamente. Yo salí
victorioso, pero debido a ciertas circunstancias, decidí perdonarle la vida y a
cambio él me daría su cooperación para proteger mi reino.
Ante la explicación del demonio, el grupo completo
se mantiene en un silencio incómodo por unos segundos.
—¿Eso es todo? —preguntan los subordinados del
príncipe, sin saber qué responder ante el rápido y desinteresado resumen que
les dio.
—¿Hmm? Sí, eso es todo.
Era una pregunta que todos se hacían y que esperaban
escuchar en algún momento. El gran motivo por el cual el príncipe apodado como «La
bestia» había desaparecido repentinamente. Su respuesta fue totalmente
anticlimática y la mayoría de ellos se sintió decepcionada de haber tenido
expectativas tan altas de escuchar tal historia.
—Eh, no lo digáis como si fuese algo tan
simple. Generasteis un gran trauma en mi persona —comenta Rugeivyr,
iluminando nuevamente las esperanzas del grupo—. ¿Podéis imaginaros? Cierto día un desconocido se presenta ante mí como
el príncipe del reino en el cual estaba residiendo, exigiendo mi muerte. El
poder que emitía era demasiado grande y supe de inmediato que sería un oponente
problemático, así que generé un espacio distorsionado en el que él no recibiría
provisión alguna y envejecería sin notar el paso del tiempo, esperando así su
muerte por inanición. Sin embargo, este monstruo, cortó un pedazo de mi cola…
¡Y se la comió! ¡Y Así continuó cada vez que sentía hambre! ¡Usó mi propio
cuerpo como su alimento y bebió de mi sangre en reemplazo del agua!
Las últimas palabras del dragón dejaron perplejos a
los subordinados del príncipe. No podían imaginarse una situación en la cual
alguien se atrevería a comerse a un dragón durante la batalla. Es más, ni
siquiera luego de haberlo matado uno osaría a degustar la carne de un ser con
tanto poder. En parte, esto era por la posibilidad de ser envenenado por los
componentes de su cuerpo y por otra parte, existía el temor de que otros
dragones llegaran a atacar al devorador como represalia por profanar el cuerpo
sagrado de uno de sus compañeros. Después de todo, Drogury significaba «Nobles» en el idioma del mundo.
—Después de varios años luchando, la
contienda dejó de ser una batalla entre un héroe y un dragón y comenzó a ser
una persecución entre un cazador y su presa. Nunca antes me habían humillado de
tal manera y fue entonces cuando aprendí que siempre existirá un monstruo más
fuerte de lo que puedas manejar en el mundo.
Un silencio incómodo se hace notar una vez la gran
bestia termina de contar su versión de los hechos.
—Arnus, ¿te estabas comiendo al dragón? —comenta
Tina, tratando de romper el hielo con una pregunta cuya respuesta ya es
conocida.
—Tenía hambre y era eso o comerme a mí mismo.
La incomodidad aumenta nuevamente y todos se
mantienen callados, mirándose los unos a los otros.
—Bueno, eso es nuevo… —continúa nuevamente la
chiquilla—. No comes Talavalery, ¿verdad?
Como si fuese una broma, la niña pregunta mientras
se rasca el rostro con su dedo índice y desvía la mirada.
—¡¿Por qué clase de monstruo me tomas?! —refuta el
príncipe.
Kalga, quien estaba sumido en sus pensamientos al lado
de la pequeña Talavalery, de pronto abre sus ojos como si hubiese comprendido
algo.
—No lo sé Arnus, la carne de esa niña se ve
tierna y sabrosa. Si queréis le doy una probada y os digo si está buena.
Un sudor frío recorre la espalda de Tina luego de escuchar
el comentario del dragón. Luego de unos segundos retrocede lentamente,
alejándose de la bestia.
—No bromees con esas cosas —regaña Arnus.
Sin embargo Rugeivyr ladea su cabeza en señal de
duda.
—No estoy bromeando…
—¿Es por eso que pudiste sobrevivir contra Gendo? —pregunta
repentinamente Kalga, sin prestar atención a la anterior conversación.
—¿Hmm? ¿Ocurrió algo?
—No, nada en especial.
Rugeivyr no esconde su curiosidad al escuchar al
chiquillo y se dirige al príncipe tratando de que le explique la situación. Sin
embargo Arnus desconoce los hechos y observando atentamente a Kalga y al resto,
hace un gesto con la mano, pidiendo el silencio.
«No le digan nada sobre lo sucedido», pareciera
indicar.
Los demás obedecen, sin comprender bien los motivos
de la orden. Quizás el heredero al trono y la bestia que habita los montes
Graken no estaban completamente en buenos términos como para no ocultarse
secretos.
—Bueno, ya me habéis presentado a vuestros
súbditos. ¿Cuál es el motivo de vuestra pronta visita? Pensé que hablaríais con
vuestro padre sobre el pacto que tuvimos —pregunta el Drogury,
cambiando de tema.
—Las cosas han cambiado. Durante los doscientos años
que estuvimos luchando, el reino fue conquistado por el imperio Kaevalery.
—¿Esos orejas largas adictos a la luz os
vencieron?
—Con mi padre muerto y mi gente esclavizada o
perseguida mis planes han cambiado. Necesitaré tu ayuda, haré uso inmediato de
nuestro acuerdo.
—Muy bien. ¿Qué necesitáis de mí?
Los acompañantes del príncipe estaban expectantes
ante el uso que le daría a tamaña bestia. Un gran dragón que era equivalente a
un ejército de cien mil soldados. Si lo usase para invadir el imperio
probablemente no quedarían restos de esa nación…
—Transporte.
…Sin embargo, Arnus se destacaba por ser
anticlimático.
—¡¿Transporte?! ¡¿Eso necesitas de este dragón?! —pregunta
Kalga, impresionado de la decisión de su señor.
—Los dragones son criaturas muy veloces, si a eso se
le agrega que no existirán obstáculos en el camino al volar, son la mejor
opción para el despliegue rápido de tropas. También sirven como arma de combate
aéreo.
Las tácticas usadas en la guerra por los
Shezenvalery no fueron suficientes como para evitar la dominación. Ellos son
una especie considerada como fuerte, pero no invencible. Si una fuerza mayor
atacara necesitarían de refuerzos, pero si su enemigo lograse cortar sus rutas
de despliegue, entonces la derrota sería inminente. Un dragón de ese tamaño sería
capaz de movilizar escuadrones de refuerzo completos rápidamente y también
puede ser considerado como una poderosa defensa. Ese era el pensamiento del
heredero al trono.
—Ya veo, supongo que no podré descansar por
un buen tiempo. ¿Cuál es el plan?
—Primero iremos al fuerte Kaskarya. Escuché que mi
hermana fue vendida a un hombre cuya ubicación es ese lugar.
Megala, quien se había mantenido en silencio debido
al pánico de ver a un dragón de ese tamaño al frente de ella, reacciona ante
tales palabras, alegrándose.
—¡¿Va a rescatar a la princesa?!
—Por supuesto, somos familia aunque no nos
conozcamos. Invadiremos el lugar, pero evitaremos muertes innecesarias, si
inicia una batalla podrían escapar con ella y perdería su rastro. Yo me
encargaré del «héroe» en el fuerte. Una vez la rescatemos, nos dirigiremos al castillo
de Waltegya, hay algo ahí que necesitaré para la guerra que comenzaré.
—Suena divertido, os echaré una mano.
Luego de comentar resumidamente su plan de acción,
el príncipe baja su mirada en ademán pensativo. Si uno se enfocara en su
semblante notaría que se encuentra algo triste. Pero antes de que cualquiera
pudiese decir algo al respecto, él se dirige a los demás.
—El camino de ahora en adelante los pondrá en
peligro constante, tienen el derecho de proteger sus vidas, no me enfadaré si
deciden dejar de seguirme.
El grupo completo abre sus ojos después de recibir
la advertencia del demonio. Ciertamente era algo que ellos tenían que tomar en
cuenta. Su misión no era un juego, era una declaración de guerra inminente.
Ellos podrían perder la vida fácilmente sin siquiera ver cumplida la meta. El
príncipe temía que luego se arrepintieran y lo culparan del camino en el que
los había llevado.
—¿De qué hablas Arnus? Piensas desatar una guerra,
estaré mucho más segura a tu lado que vagando sola por el reino. Además, si tu
hermana es una esclava, es mi deber ayudarla —responde Tina con una sonrisa
amable.
—Yo también deseo acompañarle, señor —responde
Narea, mirando nerviosamente al monarca.
Arnus no comprendía del todo las motivaciones de
ambas chicas. ¿Era admiración? ¿Era amor? Sólo esas dos posibilidades cabían en
su cabeza. Sin embargo él no había hecho nada realmente admirable todavía y la
forma en que ellas lo trataban no coincidía precisamente en lo que él llamaría
amor.
—Nosotros te acompañaremos con una condición.
—¿Hmm? ¿Cuál sería esa?
—Que cuando inicies la guerra nos des nuestro propio
ejército como generales.
—Je, los jóvenes de hoy en día sí que son
ambiciosos para ser meros enanos.
Kalga y Megala tenían una mente más comprensible
para el monarca. Era todo más fácil cuando la situación era de «dar y recibir».
—Estoy de acuerdo siempre y cuando me permitan
dejarles tutores especializados. Ustedes no tienen la experiencia requerida —propone
Arnus con los brazos cruzados y un rostro que dice «Yo también tengo mis
condiciones».
—Tsk, supongo que tendremos que aceptar eso… —comentan,
chasqueando su lengua.
Era una trampa. El viejo demonio no permitiría que
dos chiquillos tan jóvenes e inexpertos controlen a sus tropas, en parte por el
peligro que aquello representaba para ellos y por otra parte porque escaseaba
de personal, los demonios libres que podrían combatir en la nueva guerra serían
muy pocos como para desperdiciarse en ejercicios para nuevos generales. Frente
a aquella situación, lo mejor sería dejarlos en manos de personas más
capacitadas y engañarlos haciéndoles creer que tenían todo bajo su control.
—Entonces, ya que todos están de acuerdo, partiremos
hacia el fuerte Kaskarya —dice el príncipe luego de un aplauso, enfocando la
atención de sus subordinados en él y no en sus pensamientos, que podrían
llevarles a notar la estafa—. Pero antes de eso, debemos prepararnos mejor.
Este tesoro tiene gran variedad de objetos útiles, puede que encuentren mejores
armas y armaduras de las que suelen usar. Yo también me cambiaré de vestuario,
que tengo un agujero en el estómago. Usen lo que más les sirva.
Dicho esto, Arnus se aleja de los demás y comienza a
evaluar un conjunto de armaduras desparramadas entre las montañas de oro y
joyas.
Rugeivyr no podía quejarse de que usasen sus cosas,
ya que de no habérsele perdonado la vida, todo aquello pasaría sin problemas a
manos del demonio.
***
—Dejaremos a los animales libres aquí. Creo que no
tendrán problemas para sobrevivir en el sector. Hay comida abundante en las cercanías y como
ustedes mencionaron antes, de haber tribus de Tarous, no deberían de haber
depredadores.
—¿Cómo me veo?
—¡Ponte más ropa!
El príncipe ordenaba a sus subordinados, quienes le
ignoraban mientras se probaban sus nuevas ropas.
En resumidas cuentas, cada uno eligió un traje
acorde a su forma de combatir:
Arnus vestía una armadura completa hecha de
Krocalcys como su anterior vestimenta, sólo que esta vez cubría más de su
torso, característico de las armaduras de paladín de su especie.
Narea vestía ahora un traje ligero hecho de fibras
de un mineral llamado Vydus, otorgándole a su vestimenta una coloración
verdosa. A simple vista parecía un vestido cualquiera, sin embargo era fuertemente
resistente a los cortes y la penetración, siendo útil para combates contra
enemigos con tanta movilidad como ella.
Meg estaba posando frente a su hermano mientras
tenía puesta una armadura ligera de piel de dragón. Su diseño estaba hecho para
ser complementario a otras ropas, pero ella no sabía eso y ahora exponía
demasiada piel, cosa que a su hermano no le agradó para nada. Sin embargo no
pudo decir mucho, ya que a ella le terminaron por agradar esas pintas y ahora
le buscaba algo vergonzoso que vestir a Kalga, en venganza por su crítica.
Tina no tenía fuerza para cargar con un arma o
aguante para soportar el peso de una armadura, así que simplemente se quedó
admirando las diferentes ropas de los demás y ayudó a Megala a buscarle ropas a
su hermano.
—¿Debo dejar a mi Nujulavdo aquí? Quisiera poder llevármelo —pregunta Narea luego de
ver que su montura no quería abandonarla y la miraba con ojos brillantes por
las lágrimas.
—Hmm, está bien, pero no me hago responsable si cae
desde las alturas.
—¿Eh? ¿Caerse?
—Por supuesto. No creerás que tengo una montura para
alguien tan grande como Rugeivyr, ¿o sí?
Dicho aquello, la mujer Shezenvalery palidece
ante la implicancia que aquello tendría para su viaje.
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