Parte 4
«¡Maldición,
no veo nada! ¡¿Dónde está?!», piensa
el Kaevalery una vez terminó la explosión, sentado en un árbol. El polvo apenas
le permite ver y el impacto con la vegetación del bosque le hizo cerrar sus
ojos por reflejo, perdiendo de vista al demonio.
Descuidar
la ubicación de un enemigo tan peligroso en medio de una batalla podría ser
fatal. Gendo lo sabía muy bien, pero por suerte para él, o tal vez no tanta,
Arnus continuaba en el mismo lugar.
Sin
embargo algo extraño ocurría.
«No
hay ningún soldado a su alrededor, ¿qué sucedió con ellos? ¿Salieron volando
como yo?»
Respondiendo
a las dudas en su mente, un brazo cercenado cae a su lado.
Luego
una cabeza…
Después
un pie…
Un
intestino…
Un
estómago…
Un
ojo…
Como
si fuese lluvia, pedazos de quienes fueron sus subordinados caen desde el
cielo, seguidos luego de un líquido rojizo.
Arnus,
bañado en la sangre de sus enemigos, permanece inmóvil, observando al Kaevalery
petrificado por el horror y regenerando lentamente sus heridas.
—Veo que mi pueblo todavía me necesita. Te
lo agradezco, me has abierto los ojos.
«¡Se
supone que deberías haber muerto! ¡¿Qué eres tú?! ¡¿Qué mierdas eres tú?!»
Tratando
de contener las náuseas ante el hedor de la sangre y la imagen de sus
subordinados desmembrados en la zona, Gendo no es capaz de concentrarse
completamente en la situación, permaneciendo alerta únicamente a los
movimientos del demonio causante de todo ello y no prestando atención a Tina y
Narea, quienes están cerca de su ubicación, tratando de recuperarse de la
explosión.
—Cometiste un grave error, héroe del
impedimento. Me subestimaste y pensaste que ya habías ganado.
«¡Como
si hubiese otra opción! ¡Ni siquiera aquellos a quienes se les obsequia la
juventud eterna por asesinar dragones ancestrales sobrevivirían a nuestro
ataque! ¡La inmortalidad total no debería existir! ¡No puede existir!»
—Tus tropas no se salvarán de ésta, pero
descuida, tendrán una muerte rápida. No me gusta la tortura… —comenta el
demonio, observando a los restos de los soldados en el suelo—. …sin
embargo, contigo puedo hacer una excepción.
Unos
pocos soldados que sobrevivieron al ataque del príncipe entran en pánico y se
disponen a atacar de frente al demonio, perdiendo cualquier rastro de cordura
ante la situación. Arnus se limita a romper sus cuellos con sus manos y luego
de acabar con ellos, da una fuerte pisada en el suelo y sale disparado hacia
Gendo, impulsado por la fuerza de sus propias piernas.
—No
permitas que muera, que las heridas profundas sanen rápidamente, que pueda
luchar aunque su cuerpo sea destruido cien veces: [Auto-regeneración
maestra] —Arnus recita tales palabras mientras se acerca velozmente a su
enemigo. Este, renunciando a la posibilidad de escapar, coloca sus brazos en
posición ofensiva en una última muestra de resistencia, pero no logra
reaccionar a tiempo y recibe una fuerte patada que le genera un agujero en el
estómago, rompiendo su lujosa armadura. Luego, su cuerpo comienza a recuperar
el tejido perdido, apagándose lentamente el brillo en sus ojos, desfalleciendo
por el impacto y el dolor.
—Oh, no, no permitiré que te desmayes —dice
cruelmente el príncipe. Colocando una de sus manos en la frente del desvanecido
Gendo, recita un nuevo hechizo —. Mantén la consciencia del objetivo, que el
sueño no sea capaz de ganar la batalla, que sus sentidos se mantengan alerta y
no pierdan calidad: [Mente despierta].
Después
de recitar el conjuro, retira a la fuerza uno de los brazos del Kaevalery,
quien lanza un alarido que se escucha por todo el bosque. El miembro perdido
comienza a regenerarse.
Arnus
le rompe las piernas e introduce su mano en la boca de su enemigo. Debido al excesivo
tamaño puesto dentro, su mandíbula se desencaja. El príncipe ignora el dolor de
Gendo e inserta aún más profundo su brazo. Luego de cierto tiempo lo retira bruscamente
y en sus manos se observa un órgano palpitante, el corazón.
El
príncipe observa con desdén a su enemigo encorvado por el dolor. El «héroe»,
notando esto, se enfada ante la humillación y responde con una mirada
desafiante.
—Mal…
¡Maldito seas, mons…! —grita con voz rasposa, pero antes de terminar su frase,
su quijada le es reventada por un manotazo de Arnus y cae al suelo por el daño.
—No permití que hablaras —comenta el
demonio mientras mira al Kaevalery tapando su boca por el dolor y le propina
una patada que le rompe el brazo—. Mantente
callado mientras te devuelvo todo el daño que has hecho…
Tina
y los demás no podían más que mirar con terror la escena frente a sus ojos. La
constante tortura que ni en sus más grandes pesadillas pudiesen haber visto. El
daño provocado al Kaevalery les liberó de la restricción a la cual estaban
sometidos, sin embargo se mantuvieron estáticos, no se atrevían a moverse.
Las
vísceras de Gendo se repartían por todo el lugar. Luego se regeneraba y se le
desmembraba nuevamente haciendo caso omiso a sus gritos de dolor, a sus
súplicas de piedad, a sus lágrimas de terror. Pues sí, Gendo estaba asustado,
ya no tenía poder alguno, su voluntad fue diezmada luego de haber sido
despedazado y restituido en un ciclo sin fin. Sus ojos no expresaban nada más
que terror y dolor. Sus gritos y súplicas podrían detener hasta al más cruel
torturador. Su estado mental y físico no causaba más que aversión para los
observadores.
Y
sin embargo, lo más aterrador no era el infinito tormento contra quien fue su
enemigo, sino su torturador, Arnus. Pues luego de cierto tiempo, sus cuernos
desaparecieron de su cabeza, sus ojos volvían a su estado natural sin brillo y
sus escamas dejaban de pronunciarse, deduciendo así, que el príncipe de los
demonios ya no sentía ira. Es más, Arnus Rabbok ya no sentía nada. Era una
simple máquina de tortura, sin ningún sentimiento a la vista, sin nada que le
haga persona. Él era un monstruo, un ser especializado en romper huesos y
desgarrar la carne. Una bestia.
Luego
de cientos de gritos y torturas que duraron varios minutos o incluso horas,
Arnus se detiene. La mente de su enemigo está quebrada, sólo conoce el temor
hacia la bestia que le provocó el dolor más grande antes sentido en su vida.
Sumiso, se mantiene temblando en el suelo.
—Ahora
eres sólo un gusano, escoria que se arrastra por el suelo, alimentándose de
basura, ¡Responde gusano! —ordena el príncipe con voz autoritaria.
—¡S-Sí! —exclama el Kaevalery, levantándose del suelo velozmente y haciendo un
saludo en señal de respeto.
—Te
lo preguntaré sólo una vez: ¿dónde está mi hermana, Kalatra Rabbok?
—¿Kalatra? No puedo asegurarlo…
—Respuesta
equivocada.
Gendo
escucha el crujir de los dedos de Arnus, quien se prepara para hacer algo.
—¡No! ¡Espere! ¡Se la di al «Héroe de la Guardia», Fuske Elorjam! ¡Me es
desconocido si él la revendió a otra persona!
—¿No sabes siquiera si continúa con vida?
—¡Él se encuentra en el fuerte Kaskarya, es todo lo que sé! ¡Por favor, no me
maltrate más!
—Supongo
que tendré que hablar personalmente con él… —murmura el príncipe luego del
intercambio de palabras con su enemigo. Arnus le da una pequeña mirada a Tina, quien
se asusta al notar que es observada—. Tengo un último pedido.
—¡Dígame, cumpliré sus deseos como mejor pueda!
—Quiero
que liberes a Tina de su esclavitud.
Tina
no comprende bien las palabras de Arnus debido al temor que siente, pero aun
así abre sus ojos, intentando que su pequeño cerebro descifre lo que su orden
implicaba.
—Señor,
no tengo el contrato de la ni… —intenta comentar el «héroe».
—¿Me crees tonto? Eres el líder de los esclavistas, estoy seguro de que conoces
un hechizo para liberar a los esclavos —interrumpe inmediatamente Arnus,
mirándole fijamente a los ojos y acercándose a él con intención hostil.
—C-Cierto
señor, no estaba pensando con claridad —se excusa el Kaevalery, quien da pasos
hacia atrás tratando de alejarse de su enemigo por el terror que le causaba su
mirada—. Redes restrictivas enlazadas al
alma de mis marionetas, atadas como nudos unas con otras en un bello patrón. Vibren
ante mis palabras y localicen a su directriz. Traiciónenla, cortándola en
pedazos. Suicídense, desapareciendo de su huésped. Pues yo soy el creador de su
esencia y mi palabra es ley para su mundo. Los vínculos que se mantenían entre
el esclavo y su contrato quedan anulados desde ahora y para siempre: [Libertad].
Chin chin.
El
sonido de los grilletes alrededor del cuello y muñecas de Tina se escucha al
caer al suelo. La pequeña se toca la nuca, no acostumbrada a la nueva
sensación. Se siente más ligera de lo usual y pequeñas lágrimas salen de sus
ojos sin entender bien el porqué.
—He
cumplido, señor. Por favor, no me haga más daño.
—Has
cumplido con tu deber Gendo Fessterak. De haber un infierno, espero encontrarte
en él.
—¿Qué quiere decir
con e…? —intenta preguntar el «héroe del impedimento» antes de explotar en un
charco de carne y sangre.
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