sábado, 8 de junio de 2019

E.T V.1 C.5-4

Capítulo 5: El terror a una bestia
Parte 4


   «¡Maldición, no veo nada! ¡¿Dónde está?!», piensa el Kaevalery una vez terminó la explosión, sentado en un árbol. El polvo apenas le permite ver y el impacto con la vegetación del bosque le hizo cerrar sus ojos por reflejo, perdiendo de vista al demonio.
   Descuidar la ubicación de un enemigo tan peligroso en medio de una batalla podría ser fatal. Gendo lo sabía muy bien, pero por suerte para él, o tal vez no tanta, Arnus continuaba en el mismo lugar.
   Sin embargo algo extraño ocurría.
   «No hay ningún soldado a su alrededor, ¿qué sucedió con ellos? ¿Salieron volando como yo?»
   Respondiendo a las dudas en su mente, un brazo cercenado cae a su lado.
   Luego una cabeza…
   Después un pie…
   Un intestino…
   Un estómago…
   Un ojo…
   Como si fuese lluvia, pedazos de quienes fueron sus subordinados caen desde el cielo, seguidos luego de un líquido rojizo.
   Arnus, bañado en la sangre de sus enemigos, permanece inmóvil, observando al Kaevalery petrificado por el horror y regenerando lentamente sus heridas.
   Veo que mi pueblo todavía me necesita. Te lo agradezco, me has abierto los ojos.
   «¡Se supone que deberías haber muerto! ¡¿Qué eres tú?! ¡¿Qué mierdas eres tú?!»
   Tratando de contener las náuseas ante el hedor de la sangre y la imagen de sus subordinados desmembrados en la zona, Gendo no es capaz de concentrarse completamente en la situación, permaneciendo alerta únicamente a los movimientos del demonio causante de todo ello y no prestando atención a Tina y Narea, quienes están cerca de su ubicación, tratando de recuperarse de la explosión.
   Cometiste un grave error, héroe del impedimento. Me subestimaste y pensaste que ya habías ganado.
   «¡Como si hubiese otra opción! ¡Ni siquiera aquellos a quienes se les obsequia la juventud eterna por asesinar dragones ancestrales sobrevivirían a nuestro ataque! ¡La inmortalidad total no debería existir! ¡No puede existir!»
   Tus tropas no se salvarán de ésta, pero descuida, tendrán una muerte rápida. No me gusta la tortura… —comenta el demonio, observando a los restos de los soldados en el suelo—. sin embargo, contigo puedo hacer una excepción.
   Unos pocos soldados que sobrevivieron al ataque del príncipe entran en pánico y se disponen a atacar de frente al demonio, perdiendo cualquier rastro de cordura ante la situación. Arnus se limita a romper sus cuellos con sus manos y luego de acabar con ellos, da una fuerte pisada en el suelo y sale disparado hacia Gendo, impulsado por la fuerza de sus propias piernas.
   No permitas que muera, que las heridas profundas sanen rápidamente, que pueda luchar aunque su cuerpo sea destruido cien veces: [Auto-regeneración maestra] —Arnus recita tales palabras mientras se acerca velozmente a su enemigo. Este, renunciando a la posibilidad de escapar, coloca sus brazos en posición ofensiva en una última muestra de resistencia, pero no logra reaccionar a tiempo y recibe una fuerte patada que le genera un agujero en el estómago, rompiendo su lujosa armadura. Luego, su cuerpo comienza a recuperar el tejido perdido, apagándose lentamente el brillo en sus ojos, desfalleciendo por el impacto y el dolor.
   Oh, no, no permitiré que te desmayes —dice cruelmente el príncipe. Colocando una de sus manos en la frente del desvanecido Gendo, recita un nuevo hechizo —. Mantén la consciencia del objetivo, que el sueño no sea capaz de ganar la batalla, que sus sentidos se mantengan alerta y no pierdan calidad: [Mente despierta].
   Después de recitar el conjuro, retira a la fuerza uno de los brazos del Kaevalery, quien lanza un alarido que se escucha por todo el bosque. El miembro perdido comienza a regenerarse.
   Arnus le rompe las piernas e introduce su mano en la boca de su enemigo. Debido al excesivo tamaño puesto dentro, su mandíbula se desencaja. El príncipe ignora el dolor de Gendo e inserta aún más profundo su brazo. Luego de cierto tiempo lo retira bruscamente y en sus manos se observa un órgano palpitante, el corazón.
   El príncipe observa con desdén a su enemigo encorvado por el dolor. El «héroe», notando esto, se enfada ante la humillación y responde con una mirada desafiante.
   —Mal… ¡Maldito seas, mons…! —grita con voz rasposa, pero antes de terminar su frase, su quijada le es reventada por un manotazo de Arnus y cae al suelo por el daño.
   No permití que hablaras —comenta el demonio mientras mira al Kaevalery tapando su boca por el dolor y le propina una patada que le rompe el brazo—. Mantente callado mientras te devuelvo todo el daño que has hecho…
   Tina y los demás no podían más que mirar con terror la escena frente a sus ojos. La constante tortura que ni en sus más grandes pesadillas pudiesen haber visto. El daño provocado al Kaevalery les liberó de la restricción a la cual estaban sometidos, sin embargo se mantuvieron estáticos, no se atrevían a moverse.
   Las vísceras de Gendo se repartían por todo el lugar. Luego se regeneraba y se le desmembraba nuevamente haciendo caso omiso a sus gritos de dolor, a sus súplicas de piedad, a sus lágrimas de terror. Pues sí, Gendo estaba asustado, ya no tenía poder alguno, su voluntad fue diezmada luego de haber sido despedazado y restituido en un ciclo sin fin. Sus ojos no expresaban nada más que terror y dolor. Sus gritos y súplicas podrían detener hasta al más cruel torturador. Su estado mental y físico no causaba más que aversión para los observadores.
   Y sin embargo, lo más aterrador no era el infinito tormento contra quien fue su enemigo, sino su torturador, Arnus. Pues luego de cierto tiempo, sus cuernos desaparecieron de su cabeza, sus ojos volvían a su estado natural sin brillo y sus escamas dejaban de pronunciarse, deduciendo así, que el príncipe de los demonios ya no sentía ira. Es más, Arnus Rabbok ya no sentía nada. Era una simple máquina de tortura, sin ningún sentimiento a la vista, sin nada que le haga persona. Él era un monstruo, un ser especializado en romper huesos y desgarrar la carne. Una bestia.
   Luego de cientos de gritos y torturas que duraron varios minutos o incluso horas, Arnus se detiene. La mente de su enemigo está quebrada, sólo conoce el temor hacia la bestia que le provocó el dolor más grande antes sentido en su vida. Sumiso, se mantiene temblando en el suelo.
   —Ahora eres sólo un gusano, escoria que se arrastra por el suelo, alimentándose de basura, ¡Responde gusano! —ordena el príncipe con voz autoritaria.
   —¡S-Sí! —exclama el Kaevalery, levantándose del suelo velozmente y haciendo un saludo en señal de respeto.
   —Te lo preguntaré sólo una vez: ¿dónde está mi hermana, Kalatra Rabbok?
   —¿Kalatra? No puedo asegurarlo…
   —Respuesta equivocada.
   Gendo escucha el crujir de los dedos de Arnus, quien se prepara para hacer algo.
   —¡No! ¡Espere! ¡Se la di al «Héroe de la Guardia», Fuske Elorjam! ¡Me es desconocido si él la revendió a otra persona!
   —¿No sabes siquiera si continúa con vida?
   —¡Él se encuentra en el fuerte Kaskarya, es todo lo que sé! ¡Por favor, no me maltrate más!
   —Supongo que tendré que hablar personalmente con él… —murmura el príncipe luego del intercambio de palabras con su enemigo. Arnus le da una pequeña mirada a Tina, quien se asusta al notar que es observada—. Tengo un último pedido.
   —¡Dígame, cumpliré sus deseos como mejor pueda!
   —Quiero que liberes a Tina de su esclavitud.
   Tina no comprende bien las palabras de Arnus debido al temor que siente, pero aun así abre sus ojos, intentando que su pequeño cerebro descifre lo que su orden implicaba.
   —Señor, no tengo el contrato de la ni… —intenta comentar el «héroe».
   —¿Me crees tonto? Eres el líder de los esclavistas, estoy seguro de que conoces un hechizo para liberar a los esclavos —interrumpe inmediatamente Arnus, mirándole fijamente a los ojos y acercándose a él con intención hostil.
   —C-Cierto señor, no estaba pensando con claridad —se excusa el Kaevalery, quien da pasos hacia atrás tratando de alejarse de su enemigo por el terror que le causaba su mirada—. Redes restrictivas enlazadas al alma de mis marionetas, atadas como nudos unas con otras en un bello patrón. Vibren ante mis palabras y localicen a su directriz. Traiciónenla, cortándola en pedazos. Suicídense, desapareciendo de su huésped. Pues yo soy el creador de su esencia y mi palabra es ley para su mundo. Los vínculos que se mantenían entre el esclavo y su contrato quedan anulados desde ahora y para siempre: [Libertad].
   Chin chin.
   El sonido de los grilletes alrededor del cuello y muñecas de Tina se escucha al caer al suelo. La pequeña se toca la nuca, no acostumbrada a la nueva sensación. Se siente más ligera de lo usual y pequeñas lágrimas salen de sus ojos sin entender bien el porqué.
   —He cumplido, señor. Por favor, no me haga más daño.
   —Has cumplido con tu deber Gendo Fessterak. De haber un infierno, espero encontrarte en él.
   —¿Qué quiere decir con e…? —intenta preguntar el «héroe del impedimento» antes de explotar en un charco de carne y sangre.



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