Parte 4
Arnus y Narea se encuentran solos en una de las
habitaciones del hogar que estaba utilizando como base y refugio.
—¿Y bien? ¿Qué fue eso? —pregunta la mujer, mirando
seriamente a su príncipe, apoyada en una muralla y de brazos cruzados.
—¿Qué fue qué, Narea? —responde su señor con otra
pregunta.
—No me venga con eso. Declaró que asesinaría a su
hermana si se filtra información. Puedo entender lo que significa ser un rey y
probablemente fue la decisión correcta… Pero sus ojos no mostraban nada.
La afirmación de la demonio provocan la sorpresa del
Shezenvalery, quien abre sus ojos por la impredecible situación y luego baja la
mirada, pensativo.
—Así que no fue algo bueno, ¿cierto? —termina por
comentar luego de su análisis.
—¿Qué me está ocultando, señor? Pasó algo similar
cuando torturó a Gendo —Narea se expresa en un tono serio, casi enfadado, algo
inusual en ella, cosa que el príncipe pudo notar rápidamente.
—¿Recuerdas que te pedí que fueras la reina de
Urak?
—No desvíe el tema, no estamos hablando de eso ahora
mismo.
—Es algo que está directamente relacionado. ¿Te
preguntaste en algún momento por qué tenías que ser tú? ¿Por qué no hacer una
selección de candidatas?
—Sí, lo hice. Pensé que quizás era porque soy la
candidata más cercana.
—¿Por qué dudaste? ¿Qué te hizo pensar que tú no
serías digna de inmediato?
La pregunta del príncipe hace dudar por unos
instantes a la mujer. Ella se mantiene pensativa, recordando sus experiencias
pasadas. ¿Por qué era que ella no tenía confianza en sí misma para gobernar un
país?
—No soy la mejor persona que alguien elegiría para
gobernar a otros —responde finalmente—. Yo fui un soldado, fui entrenada para
obedecer órdenes y no logré destacar como comandante para ser uno de ellos. Mis
superiores lo mencionaron una vez, soy muy emocional en mis decisiones, muy
impulsiva en ese aspecto, sin contar que me han dicho que soy demasiado
inocente también. Debido a ello, puedo parecer extremadamente estúpida al
realizar una acción. Una persona con demasiadas emociones no está hecha para… —Narea
se detiene en su explicación, interrumpiéndola con un silencio, como si hubiese
comprendido algo de repente que no le permitía continuar con su línea de
pensamiento actual—. Alguien con demasiadas emociones no está hecho para
liderar… Pero tampoco lo está quien no las tenga. Señor Arnus, no me diga que…
—Es un efecto secundario —responde sin haber
recibido una pregunta el príncipe—. Una vez leí que todas las emociones
derivaban del amor. La alegría es sentir amor por la vida y las situaciones
diarias, tristeza es cuando pierdes algo que amas o no consigues ser
correspondido, odio es cuando el amor es corrompido. Por el amor vivimos, por
el amor luchamos, por el amor crecemos y por el amor morimos. Suena bastante
bien si uno lo piensa así. Pero entonces, cuando te digo que mi maldición es no
sentir amor…
—¿Usted no tiene emociones? Pero eso no…
—De momento no es así, por suerte. Pero de vez en
cuando no soy capaz de sentir nada. Ni dicha, ni tristeza, ni ira, ni odio,
nada. En esos momentos me baso sólo en la lógica y lo que es mi deber. Tú misma
fuiste testigo de ello hace poco tiempo. Luché a muerte contra el «Héroe de la guardia»
para liberar a mi hermana y mi pueblo. Estaba enfadado con él por el daño que
había cometido contra mi gente, estaba feliz de encontrarme con Kalatra y
triste al saber que cometí un error al iniciar la batalla. Y sin embargo, ahora
la amenazo de muerte junto con todos mis compatriotas de su lado. Es
completamente inconsistente. Estoy agradecido de saber que no tomé la decisión
equivocada contigo.
—¿Qué tendría que ver yo en esto?
Todo lo que dijo el príncipe era una gran cantidad
de información que la chica en frente de él apenas lograba digerir. Una persona
incapaz de tener sentimientos por una cantidad de tiempo indefinido. Y ahora
esa misma persona la estaba involucrando en sus planes, sin saber ella qué
propósito podría tener.
—Tú eres una chica emocional, pero respetable. Ahora
mismo te percataste de que hice algo incorrecto e iniciamos esta conversación.
Puedes ver lo que otros no ven y arreglar mis faltas. Si en algún momento me
convierto en un ser que no tiene emociones me guiaré por tu juicio. No serás la
reina sólo para mostrarte ante el pueblo, tu deber también será ayudarme a
dirigirlo. ¿Harías eso por mí? —pregunta el príncipe con una sonrisa amarga en
su rostro.
—¡Pero señor! ¡Eso sería demasiado! Ya era bastante
triste el saber que no podría amar, ¿pero esto? ¿Por qué se daña de esta
manera? ¿No sería mejor quitar su condición?
—Lo hago por mi pueblo, por el reino de Urak.
Rugeivyr me dio este poder, la juventud eterna, cuando lo vencí, pero me indicó
que tendría esta maldición a cambio.
—¿El dragón fue?
—Hay varias historias que hablan de héroes que al
derrotar a un poderoso dragón se les concede la juventud eterna.
—Sin embargo usted es más que eso, sobrevivió al
ataque de Gendo.
—En ese momento te enfadaste porque había abandonado
el deseo de vivir. Si te soy sincero, todavía no comprendo el por qué no morí
esa vez. Pero si es un efecto secundario inesperado, me aprovecharé de él. Es necesario para protegerlos a todos. No
puedo dirigir una nación sin emociones, pero sí protegerla desde las sombras.
—Es por eso que planea fingir su muerte, para no estar
demasiado tiempo como rey… —murmura Narea, comprendiendo las implicancias de
las palabras de su señor.
—Yo sería un peligro para mi propia especie si hago
algo así.
—Lo entiendo, para proteger a los demás… —se dice a
sí misma la mujer. Luego, se dirige al príncipe con una sonrisa—. Usted es
demasiado bueno, señor Arnus. Hacer un sacrificio así por su pueblo…
—Hablas como si fueras ajena a ello.
—¿Eh?
Narea se mantiene perpleja ante lo que acababa de
decir el príncipe.
—Te recuerdo que tú también eres parte del pueblo
que quiero proteger. Verte sonreír es una bendición para mí, alivias mis
problemas. Sé que mientras exista un Shezenvalery feliz bajo mi mando, incluso
con mi condición, mis esfuerzos no son en vano —dice Arnus con una leve
sonrisa.
—G-Gracias.
—Bueno, como dije, quiero que seas la reina y ya
sabes la razón también.
Narea todavía no se convence completamente sobre ser
la reina de su especie. No siente que posee las capacidades necesarias para
ello, no tiene suficiente autoestima.
—Señor, no creo ser la indicada para ello —afirma
finalmente la mujer, intentando cambiar la opinión de su señor—. La señorita
Tina…
—Esto no es algo que ella pueda hacer, su
personalidad no va —interrumpe el demonio—. Por mucho que quieras juntarme con
ella porque le tienes aprecio, no servirá. Cuando mucho podría aceptar sus
sentimientos, pero como sabes, no puedo corresponderlos. No te estoy forzando,
la respuesta puede esperar, puede que encontremos una solución mejor sobre la
marcha. Pero primero hay un reino que recuperar. Ya estamos en la fase final.
—En unos días más…
—Queda poco tiempo. A decir verdad, estoy nervioso.
Si esto no funciona, condenaré a mis compatriotas a vivir bajo el yugo del
imperio por siempre.
Narea se mantiene pensativa por unos momentos. Luego,
sonríe levemente hacia su señor.
—Pues mal momento tiene para sentir esa emoción,
señor Arnus —dice en un tono bromista—. Dejemos esta conversación aquí, tenemos
muchas estrategias que revisar y muy poco tiempo. Anímese, nos tiene a mí, a
Tina, a los hermanos y al dragón. No estará luchando solo, tiene amigos en los
que apoyarse.
—Suenas como Tina. Espero que no pienses en usar
explosivos también —comenta el Shezenvalery, recordando el actuar de la pequeña
hace varios minutos atrás.
—Je, je, si me provoca, tal vez lo haga —responde
burlescamente la mujer.
Fue en ese instante en el que Arnus recibió la
respuesta a una pregunta que se había hecho varios días atrás. ¿Por qué Tina y
Narea le seguían? ¿Qué ganarían con ello? No era posible que fuese amor por la
forma en la que ellas se comportaban, o al menos él no lo creía así. Tampoco
era admiración, ya que sus acciones no eran tan grandes como para ello,
exceptuando el incidente con el dragón. La respuesta a sus interrogantes era
tan simple que él no pudo evitar sentirse avergonzado por no haberlo pensado
antes.
—Gracias, Narea —dice el príncipe a su compañera,
con una sonrisa que denotaba incluso sobre sus ojos la alegría que presentaba
su corazón en ese instante.
—¿Eh? ¿Por qué? —pregunta la Shezenvalery, sin
comprender el motivo del agradecimiento de su señor.
—Por ser tan buena amiga.
Arnus no estaba tratando a ninguno de sus
subordinados como personas cercanas a él. Especialmente a Tina y Narea, quienes
le habían acompañado por más tiempo y quienes le apoyaban incondicionalmente.
Ellas le consideraban su amigo. Y él no les devolvía aquella muestra de amistad
al no percatarse de ello.
Narea se sintió inmensamente feliz al escuchar
aquellas palabras de su señor. Era algo que ella deseaba desde que conoció bien
los objetivos del príncipe.
Ella se muestra con una gran sonrisa que expone sus
afilados dientes. Su rostro ruborizado por la alegría se acerca al
Shezenvalery, quien estaba abriendo la puerta de la habitación en la que se
encontraban. Tina observa la escena y malinterpreta lo sucedido, sin embargo
sonríe ante los dos demonios.
—Je… —responde con una risita la mujer, saliendo
primero del cuarto, feliz—. De nada.
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