sábado, 8 de junio de 2019

E.T V.1 C.7-3

Capítulo 7: No todos pueden ser héroes
Parte 3


   «¿Eh?»
   Arnus se mantiene inmóvil, perplejo ante el actuar de su hermana, quien pasa de él y se aproxima a su oponente malherido. El príncipe voltea su mirada, siguiendo el caminar de su pariente y estudia su cuerpo.
   «No lleva collar de esclava. ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que sucede?»
   —¿Estás bien? Tienes las costillas rotas, estás sangrando mucho. Espera, te voy a curar —escucha decir a la joven Shezenvalery, viendo cómo ella se altera al ver la condición en la que se encuentra el «Héroe de la guardia», dispuesta a ayudarle.
   «¿Podría ser que me he precipitado demasiado?», piensa Arnus mientras se acerca a los dos. Aproxima su mano al Kaevalery en ademán de auxiliarlo.
   —Creo que he cometido un grave error, permíteme ayu…
   —¡No te atrevas a tocarlo! — responde Kalatra mientras golpea el brazo del príncipe, rechazándole con furia en sus ojos—. ¡Tú le hiciste esto! ¡¿Por qué?!
   —Ah, bueno, había escuchado que te había comprado como esclava y…
   —¿Eres de los que quieren que me vuelva la reina? ¿Eres de ese grupo de resentidos que quiere utilizarme como arma política?
   —¿Qué? No, no conocía ese grupo…
   Arnus no sabe cómo responder. Había un gran vacío de información en su mente. Nunca escuchó sobre un grupo de su especie con la intención de rescatar a la princesa y mucho menos su deseo de utilizarla de la manera que ella anunciaba. Un arma política. Era posible que planearan usar la imagen de la última descendiente del rey Asur Rabbok como una excusa para iniciar la guerra de liberación de su pueblo.
   «¿Quizás Megala y Kalga pertenecían a esa facción?», sospecha el Shezenvalery, recordando la insistencia y felicidad de su pequeña subordinada respecto de liberar a Kalatra.
   —¿Kalatra? ¿Qué haces aquí? —escucha murmurar al Kaevalery, con voz ronca y débil.
   —Escuché por parte de los militares en el fuerte que luchabas con alguien en esta torre. Los otros soldados estaban concentrados en el muro, así que no pude ver bien quienes eran nuestros enemigos y tampoco me dejaron pasar, así que decidí asistirte aquí —responde ella, atenta a los movimientos de Arnus, mirándole seriamente.
   —Kalatra, él es… tu familia…
   —¿Qué dices?
   —Kalatra, no nos conocemos. Soy tu hermano mayor, Arnus Rabbok.
   —¿Es una broma? No tiene gracia alguna. No juegues conmigo, mi hermano murió hace ciento cincuenta años.
   —Pero es la verdad. Debido a circunstancias que desconozco, nuestro padre no hizo mención de mi misión. Ah, pero eso podemos hablarlo luego. Vine aquí para salvarte. Cuando me enteré de que… —intenta explicar el príncipe.
   —¿Salvarme? —interrumpe Kalatra, enrojeciéndose por la furia—. ¡¿Salvarme?! Si dices la verdad y eres mi hermano… ¡¿Dónde has estado?! ¡¿Dónde mierdas has estado?!
   Arnus no puede responder debido al repentino arranque ira de su hermana.
   —¡Te llamé! ¡Los llamé a todos ustedes incontables veces! ¡A papá, a mamá! ¡A Varus y Kanter! ¡En mi desesperación te llamé a ti, a pesar de que me decían que habías muerto! ¡Buscaba algo a qué aferrarme durante esos años dolorosos! ¡Pero nadie vino! ¡Ninguno de ustedes llegó para salvarme!
   —Lo siento, yo…
   —¡No quiero tus excusas! ¡La única persona que respondió a mis súplicas fue Fuske, el héroe que estabas a punto de matar! ¡Él me dio una habitación cómoda, me preparó comida caliente, cuidó de mí cuando estaba enferma, me dio la libertad! ¡¿Y ahora que estaba feliz con él vienes como un héroe hipócrita a quitármelo?! ¡No te dejaré!
   Kalatra saca un cuchillo de entre sus zapatos mientras lágrimas recorren su rostro. Se levanta bruscamente y encara a su hermano en ademán de proteger a Fuske.
   —Pero yo… yo… —Arnus no puede gesticular sus palabras, lleno de emociones que no puede expresar.
   «Una mirada llena de odio. Así es como ella me ve.»
   De poderse describir el tormentoso sentimiento que presentaba el príncipe en su interior en ese momento, la mejor aproximación sería una viciosa mezcla entre arrepentimiento, tristeza e ira. Todas emociones que se dirigían hacia él mismo o la situación.
   Había cometido un error.
   Cegado por la ira y los prejuicios, se había enemistado de Fuske Elorjam, el «Héroe de la guardia», pensando que su hermana estaba siendo atormentada, viviendo entre las filas de sus enemigos. Le atacó sin pensar en dialogar. Amenazó a sus hombres sin preguntarse sus acciones. Se basó en el anterior héroe del imperio que había conocido y generalizó sus personalidades.
   Mientras el Shezenvalery se mantenía en silencio, intentando digerir el giro de los acontecimientos, Tina aparece corriendo desde la entrada de la torre.
   —¡Arnus, tenemos un problema! ¡Ven de inmediato! —exclama la pequeña luego de ver que la batalla había terminado.
   «Si ella no estaba esclavizada… No me digas que…»
   El príncipe sigue a Tina con preocupación, intentando no pensar en posibles situaciones negativas. Al salir, observa a una multitud mixta de Kaevalery y Shezenvalery. Todos ellos con armas alzadas encarando a sus compañeros.
   —¿Qué…? ¿Qué es lo que pasa aquí?
   —Yo tampoco lo entiendo bien. ¡¿Qué no ven que están en presencia del hijo del rey de nuestra especie?! ¡El príncipe Arnus ha vuelto! —grita Kalga a la multitud.
   —¡Con su fuerza podemos recuperar nuestra nación! —continúa Meg el discurso de su hermano.
   «Ninguno de ellos es un esclavo. ¿Todos ellos están con el héroe por voluntad propia?», se percata el príncipe.
   Los soldados en el fuerte se miran los unos a los otros con rostros de duda. Kalatra se une a los gritos por detrás del heredero al trono.
   —¡Sí, observen a su supuesto salvador! ¡Entrando como un salvaje e hiriendo de gravedad a nuestro señor!
   —¡¿P-Princesa?! ¡¿Qué está diciendo?!
   Kalga y Meg están confundidos, reconocieron inmediatamente a Kalatra como la hija del rey al notar su aura de poder, sin embargo ella estaba con el enemigo.
   —¡Lo que dice la princesa es verdad! ¡¿Cómo podemos confiar en un rey que desaparece durante doscientos años, dejando a su pueblo indefenso, sólo para volver como un bárbaro que ataca sin discreción a nuestro benefactor?! —grita uno de los soldados demonio.
   —No, yo… Yo no quería esto.
   El príncipe no tiene palabras para dirigirse a su pueblo, quienes estaban en su contra.
   —¡Si eres realmente Arnus, eres el causante de esta guerra!
   —¡Responsabilízate por tus actos!
   —¡No seguiremos a un irresponsable que sólo sabe llegar tarde y actuar en base a rumores!
   —¡Mis hijos murieron en la guerra! ¡¿Qué hiciste tú para evitarlo?!
   Una infinita ola de críticas a su persona le es llegada al monarca, quien no es capaz de seguir el ritmo de los gritos de los enfurecidos demonios y sólo logra responder con una débil disculpa. Sin embargo no es aceptada por aquellos a quienes debía gobernar.
   —¡No queremos tus excusas! ¡Si aún te queda algo de honor vete de aquí!
   —¡No te queremos en este lugar!
   —¡Aléjate de nuestro señor!
   —¡Vete!
   Un niño arroja una piedra proveniente del suelo, la cual impacta directamente en la sien del príncipe.
   —¡Vete! —demanda el pequeño con el rostro enrojecido.
   Arnus es atrapado en un sentimiento de angustia y desesperación. Mire donde mire existe una alta hostilidad hacia su persona. Su hermana le observa con odio, los niños y los adultos sólo tienen rencor. Una multitud que unánimemente desea su expulsión.
   Pronto más personas se unen a arrojar cosas: piedras, verduras, palos, armas. Lo primero que esté a su alcance. Todos diciendo sólo una palabra: «Vete».
   —¡Oigan, deténganse! —exclama la voz de una chiquilla, lo suficientemente fuerte como para ser escuchada entre los gritos de la multitud.
   «¿Tina?»
   —¡Incluso si ha sido precipitado, Arnus ha venido para ayudarles!
   «No, Tina, incluso si ha sido así, es un error grave.»
   —¡Cállate niña, tú no sabes nada!
   «Es verdad, no sabíamos nada y actuamos en base a nuestras propias creencias, forzando a los demás.»
   —¡Ustedes son los que no saben nada! ¡¿Cuánto tiempo ha perdido Arnus de su vida para protegerlos?! ¡¿Cuánto ha sacrificado para alejarlos de una amenaza que ni siquiera ustedes conocían?!
   «Basta Tina, sólo harás que se pongan en tu contra.»
   —¡¿Ah?! ¡¿Quién te crees que eres?! ¡No queremos sus excusas! ¡Váyanse!
   —Tina, vamos…
   El heredero al trono toma a la pequeña Talavalery de la mano, quien trata de zafarse egoístamente.
   —¡Pero Arnus…!
   —No somos bienvenidos aquí y no es mi intención causar más malestar entre los habitantes.
   —¡No lo aceptaré! ¡No has hecho nada malo!
   Arnus ignora las palabras de su acompañante y se dirige a la multitud en tono de disculpa.
   —No queremos causar más problemas. Nos iremos.
   Tina continúa negándose a la decisión del príncipe, dando argumentos varios. Ella sabe que Arnus estuvo ausente debido a que debía proteger a su pueblo de la amenaza de un dragón. Ella sabe que su compañero se había dirigido al fuerte porque la poca información que tenía indicaba que su hermana y su pueblo podrían estar siendo torturados y humillados debido a la imagen de los «héroes» que dejó Gendo en sus mentes. El Shezenvalery que consideraba como un amigo, quien la había protegido y brindado la libertad, estaba siendo culpado injustamente. No había hecho nada malo y tenía que hacérselo notar.
   —¡Cállate puta! —grita uno de los demonios en el lugar, enfurecido por las excusas que estaba profesando la pequeña al lado del despreciable agresor de su benefactor. Con  rencor en su corazón, tomó una roca del suelo y se la lanzó a la Talavalery. Sin embargo Arnus se interpone en su camino y la roca impacta con su brazo derecho.
   Ante la ofensiva, la multitud se mantiene en silencio. El príncipe no había tolerado el ataque a la chiquilla y sus cuernos se pronunciaron sobre su frente, emitiendo en los alrededores la peligrosa aura característica de su especie y generando presión hacia los demonios que sienten su gran poder.
   No recuerdo que mi especie haya caído tan bajo como para dejarse llevar por el enfado e intentar herir a una niña pequeña. ¿Es esto lo que han aprendido aquí? —pregunta a su pueblo con una mirada de reproche.
   —¡C-Cállate!
   El príncipe suspira profundamente y calma su mente, volviendo a su forma natural.
   —Nos iremos ahora. Es verdad que herí de gravedad a su señor, pero no está muerto, busquen a un médico para él. Lamento las molestias —pronuncia Arnus con voz profunda. Luego fija su mirada en su hermana—. Lamento haber llegado tan tarde.
   —Tan solo déjanos en paz —contesta ella, desviando la mirada con disgusto.
   —Sí, eso haré. Vamos chicos.
   El príncipe camina frente a la multitud con pasos lentos y pesados, llevando a Tina de la mano. El grupo de soldados se separa nerviosamente para abrirle el paso. Las miradas que le otorgan están llenas de ansiedad y desconfianza.
   El grupo del Shezenvalery monta a Rugeivyr sin ánimos y la autoproclamada reina de los esclavos observa la solitaria espalda de su benefactor durante la retirada.
   —Arnus… —murmura tristemente.
   El demonio había hecho todo lo posible dentro de sus habilidades para proteger a su pueblo. Tenía el poder como para imponerse ante sus adversarios y la inteligencia para comandar eficientemente a tropas y elaborar estrategias. Nada de aquello le bastó para ganarse a su gente, pues existían más factores que sólo aquellas aptitudes para obtener el favor de sus congéneres, dejando en claro para la pequeña niña alada, que no todos pueden ser héroes en esta vida.


FIN DEL CAPÍTULO VII






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